martes, 18 de septiembre de 2018

CINE ALEMÁN

Las tres cimas
Pienso en el seductor salvajismo de Heathcliff en "Cumbres borrascosas", en correspondencia con la árida campiña inglesa donde se desarrolla la novela. En esa comunión indisoluble entre paisaje, atmósfera y acción que resuelve Brontë con tanta maestría, llevando el simbolismo a una de sus máximas expresiones. "Las tres cimas", del festival de Cine alemán, me convocó por esta idea. Claro que cine no es literatura y Zabeil no es Brontë. Aún así, y a pesar de la bellísima fotografía, la metáfora resulta un poco forzada. O demasiado evidente. Algo de la vieja tradición y densidad alemanas brillan por ausencia. Veremos cómo sigue el festival. 

Cuatro manos

Siempre es un placer escapar de Hollywood y ver otras cosas (ni hablar si las proyecciones quedan a exactamente media cuadra de la casa de una). Sin embargo, "Cuatro manos", thriller psicológico, se parece bastante a lo producido por la meca norteamericana. Dos hermanas, lazo estrecho, dobles, identidades cambiadas, un crimen aberrante, la chica rubia y buena, la morena no tan buena y así, ciertos gestos que se van adivinando antes de que acontezcan. Mal pronóstico para el suspenso. De todas formas, hay algo en la forma de filmar, de narrar, de avanzar incluso en el relato que siguen teniendo sello europeo. Actuaciones excelentes, un guión un poco trillado y cierto final bastante predecible. Aún nos quedan algunos títulos más. 


303 / "El carrillón

Cuando una filmografía va seguida de una nacionalidad, siempre hay que desconfiar. Sobre todo en estas épocas de pos globalización. Porque, ¿qué es el cine de un determinado país? Pienso en "cine argentino" y se impone (y aquí el término no es nada casual) cierto cine. El que va a "triunfar" en festivales, llevándose premios que a nadie importa y que, se sabe, son altamente sospechosos. Filmografía festivalera, de esas que abundan. Como también en la literatura, donde curiosamente los títulos que prenden suelen ser pensados con formatos centrales y susceptibles de ser traducidos y vendidos en ferias gigantescas, del primer mundo, obviamente, donde se negociará la suerte de lo que se leerá con carácter de urgencia y de taquilla. En fin, tema harto conocido. Entonces, "303" parece responder a estas premisas: dos chicos veinteañeros, lindos, rubios, carismáticos, mohíneros, espontáneos y pensantes, que se encuentran de pura casualidad: casi como en una publicidad de gaseosas. Con problemas, eso sí, pero nada demasiado grave. ¿Adivinen cómo termina la historia? 


En el otro extremo, "El Carríllón". Pausa. Paren los festivales. Poco diálogo, casi película muda, alergia a rostros en primer plano, todo lo contrario, la cámara sigue de espaldas a los protagonistas, y una atmósfera que si bien no oprime, gesto clásico del cine alemán clásico, ensaya el grave problema de la época actual casi al pasar. La feroz soledad de seres que, claro está, no tienen ni remotamente posibilidades de inserción alguna. Hermoso film. Una manera de narrar diferente, un poco al estilo de esas monumentales miniseries como "Vida dura" (noruega) y "Una segunda oportunidad" (finlandesa), que comentamos largamente. 
Hay que andar con cuidado con esto de "cine alemán": a veces trae en sus cintas contaminaciones pedagógicas.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

ATMÓSFERAS

Atmósferas

Sentada en el autobús, mapa en mano, intentaba decidir en qué esquina bajar para tomar el otro transporte que me dejaría a las puertas del Golden Gate, el precioso puente naranjado de San Francisco donde haría una producción fotográfica. Un hombre al lado mío, un francés que hablaba poco inglés, entendió el problema y consultó a otro pasajero, un joven que parecía lugareño. Se armó entonces una pequeña discusión cordial en el micro. Algunos afirmaban que la próxima parada era la mía; otros que no, que los nombres se parecían, que faltaban por lo menos diez cuadras. Intervino el chofer, torció por la primera opción. Me bajé agradeciendo a todos, el bus sin embargo no se movió del lugar: seguía la discusión. De golpe, las puertas se abrieron, los pasajeros gritaban que volviera. Subí absolutamente confundida y por qué no, un poco avergonzada. El chico me explicó que el chofer se había equivocado. Que recién tendría que bajarme dentro de 12 cuadras. Que me quedara al lado de él, que me avisaría. Así ocurrió. El pasaje se despidió, yo agradecí de nuevo y el joven me señaló la esquina donde debía abordar el bus final. Agregó en un inglés lento, como para que lo entienda (a esa altura, todo San Francisco debía conocer mi mala pronunciación) que el día estaba hermoso, ideal para pasear por el puente y sacar fotos. Sonrió y se quedó trepado en la escalerilla hasta que el bus se perdió, ahora sí, en su recorrido. Rumbo al puente el corazón se me estrujaba contra el pecho: como Poe, sabía que eso que me causaba una desbordada felicidad en el presente sería motivo de tristeza en el mañana. Podré volver a esa entrañable ciudad, tan parecida a la Asunción de mi infancia: pero ese instante, brisa del oeste marítimo, letargo de mañana azul de anticipada primavera y efímera comunión amorosa, sabía ya entonces, estaba perdido irremediablemente.

lunes, 10 de septiembre de 2018

CUERPOS NÓMADAS Y FRACASOS MODERNOS

Cuerpos nómadas y fracasos modernos

"The tale" parece un film relativamente simple, a primeva vista lo es. Un abuso infantil, la narración del mismo por parte de la abusada, ya de adulta, la potencia del recuerdo, la memoria selectiva (o formativa), la relación con el trabajo actual (prestigiosa documentalista), los recursos fílmicos, como roturas cronológicas, presencias simultáneas, etc. Un tema viejo: qué alumbrar del pasado a la luz del presente, qué capas de este formarán aquél y viceversa. En el medio, el cuerpo como espacio de tensión de fuerzas trazando sus temporalidades propias. Cuerpo que se escabulle. El fracaso de toda la artillería pesada con la que los nuevos saberes intentan representar las fluctuaciones del cuerpo en la modernidad, a través de enrevesados léxicos, lenguajes "inclusivos", teorías novedosas que se extinguirán en cuestión de minutos y pirotecnias varias (redituables por cierto para la industria cultural que necesita con urgencia de estos shocks despabilantes en dosis bien administradas), se debe en parte a esto: que jamás se aquieta, que descree de todo intento de captura y representación y que se presenta allí donde parece brillar por ausencia. Cuerpo retaceado justo cuando más se habla de él. Algo así como ausentarse a su propio funeral. Hay también, claro está, una arquitectura para estas fluctuaciones.

domingo, 12 de agosto de 2018

CINE: EL ÁNGEL / UN REY EXTRAÑO

Un rey extraño

Rumores de "La soga", de Hitchcock; y de la delincuencia urbana de "Berlín Alexanderplatz", de Döblin; posible descendiente de algún lanzallama de Arlt (no Erdosain, claro está) y sin dudas, un Silvio Astier tensado hasta los bordes, este monumental y nietzschano Robledo Puch de Luis Ortega tiene linaje y sacude butacas. Público pasmado frente a las actuaciones descollantes del Chino Darín y del debutante y hermoso Lorenzo Ferro, a un guión económico y sin desperdicios, una fotografía que lejos de acompañar, motoriza la acción, un inicio de antología (el baile de Carlitos en la casa robada a ritmo setentista), que deja en claro alianzas y complicidades con el espectador, y una ambientación de época que casi exculpa al asesino (aunque ni culpas ni razones atestiguan el relato). "El ángel": un cine que creíamos muerto. Excelente

domingo, 29 de julio de 2018

CINE / MISIÓN IMPOSIBLE: REPERCUSIÓN

Héroes clásicos y modernos:
Por qué amamos a Ethan Hunt

Un anarquista malo quiere aniquilar al 30% de la población mundial, resuelva el problema, tómelo o déjelo, nadie saldrá a respaldarlo, esta cinta se autodestruirá en 5 segundos. Y la música, esa que nos retrotrae sin escalas a la infancia, inunda la sala de cine. Claro, volvió Ethan Hunt y ya sabemos: hará posible aquello que, física, gravedad, estadísticas o naturaleza mediante, es imposible. ¿Qué tiene este agente díscolo e insubordinado que logra tenernos en jaque durante más de dos horas, mejor dicho, más de unas cuantas horas, porque la saga ya va por su 6° entrega? 
Ethan Hunt es un héroe singular: le propinan golpizas que lo dejan aplastado contra el piso; le salvan la vida; los malos a veces se la perdonan; sufre por un amor que sí es imposible; tiene miedo; maldice cuando las cosas no le van como espera y claro, marca de fábrica, también recurre a sarcasmos sutiles cuando el guión es demasiado obvio. O sea, casi siempre. El guión, no el sarcasmo: Misión Imposible no se presenta como parodia ni comedia. En absoluto: es una ficción que se tensa al máximo sin caer en la rotura. Uno, y sobre todo una, sufre con este agente paria que resuelve situaciones con procedimientos cercanos a la magia o la fantasía. Pero sin caer en ellas. Mucho menos, en la pedagogía doctrinaria. Los descarriados que siempre quieren destruir a la humanidad son psicópatas tan singulares que nadie los relacionaría con potencias tradicionalmente enemigas del imperio. Ethan Hunt en todo caso, y hablando de imperios, nos recuerda al divino Aquiles (no por nada la cinta de esta nueva misión viene dentro de La Odisea, de Homero). Hermoso, parco, antisocial, solidario con sus compañeros, pura acción. Ese hombre que bordea lo sobrenatural y que, por unos instantes, nos dice que todo está bien, que él está allí, en las sombras pero refulgente como su antecesor griego, para salvarnos de esas mentes que sueñan catástrofes y que quieren destruir esta civilización que supimos conseguir. Ethan Hunt, como lo dijimos una vez, es el Héroe clásico pero también el Único conflictuado. Y en esta monumental sexta entrega de la saga (¡¿qué otro adjetivo cabe?!) lo deja en claro en la contraseña al inicio de la película: “El mensajero le dice al guerrero que una tormenta se avecina". "¿Qué contesta el guerrero”. "Yo soy esa tormenta”. Una tormenta que se pasea, o mejor dicho, que sufre, por las preciosas París y Londres pero también por las aldeas pobres de Europa del Este. Las cunas civilizatorias y esa naturaleza agreste y hostil son escenarios y, a la vez, partícipes necesarias de la trama; proveen tecnologías sofisticadas pero dejan en claro que, al fin y al cabo, la lucha final es cuerpo a cuerpo,como Aquiles cuando vence a Héctor, hermosos los dos. Un retorno a una mística originaria: esto también es “Misión Imposible: Repercusión”.

sábado, 7 de julio de 2018

PADRE NUESTRO QUE ESTÁS... ¿DÓNDE EXACTAMENTE?

CREYENTES, ATEOS Y OTROS
Padre nuestro que estás…
¿dónde exactamente?


Imaginemos un hombre de pie, con la vista al frente. Puede ver el horizonte y un poco más allá. Puede también tener una idea de los costados, de arriba y abajo. La imagen en esas coordenadas ya es difusa, pero todavía poderosa. No puede, por motivos anatómicos, ver lo que hay atrás. Sin embargo, restan los demás sentidos, que le permiten oír, olfatear, intuir, suponer y hasta elaborar teorías de lo que ocurre a sus espaldas. Esta es más o menos la radiografía de un creyente: cree en lo que ve y también en aquello que le escapa a su radio de acción visual pero sobre lo cual tiene otro tipo de información, tan rigurosa como indemostrable. El no creyente, en cambio, el ateo de profesión y no familiarizado con las cuestiones religiosas, tampoco puede recurrir a la verificación directa, pero desconfía de estos últimos datos. Y al no poder verificarlos, los convierte en fábula. 

Si es un problema de perspectivas, ¿dónde tiene su origen el odio a la Iglesia Católica, puesto que ninguna de las tropelías que se le atribuyen dista de las cometidas por cualquier otro poder, a los que no se les tiene en la misma mira ni, reconozcámoslo, con el mismo encono? 

El cristianismo, y en su versión hegemónica, el catolicismo, es un poder de 2000 años.  Los motivos de su persistencia no son objeto de estas reflexiones. Sí, en cambio, esa resistencia que despierta entre ateos e incluso ex católicos, si eso es posible. No hay experiencia más ingresiva, e indeleble, que aquella fertilizada en la infancia, que nada tendrá que ver ni con la razón ni con el pragmatismo futuro. Lo que no implica que el catolicismo no fuera pragmático. En todo caso, acentúa su interés en aquello que lo va a perpetuar. Que es, sin dudas, el concepto de feligresía. Así se fundó, así Pedro recibió la tarea, a partir de un grupo de desclasados y marginales, de prostitutas, pescadores pobres y moribundos: esa fue la comunidad inicial de la iglesia. Y si hay algo que atenta contra ella  -la Iglesia es una excelente psicóloga, y el que mejor lo entendió fue Nietzsche- son las cuestiones demasiado terrenales: el placer carnal y las riquezas materiales. Legisló sobre el primero; se ensañó sobre los dos (mala noticia para los amantes del dinero: “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico ingrese en el Reino de los Cielos”, decía Jesús). La vida es básicamente el fundamento del catolicismo, un don. No solo porque sin fieles, sin futuros adoctrinados, la iglesia está condenada. La vida adquiere un valor sagrado porque cada ser humano, incluso en forma potencial, es imagen y semejanza de su Creador, que por supuesto es divino y el Único capaz de quitarla. Sin embargo, los accidentes, penares y peripecias de la existencia para recorrer este tránsito terrenal, no. A lo largo de su extenso poderío  la Iglesia Católica negoció y se alió con otros poderes. La cuestión siempre fue la pervivencia y el logro de sus objetivos. Agitó pasiones pero elucubró estrategias de persuasión  y dominio, a veces violentas, a veces estéticas. Nada muy diferente al accionar de otras ideologías. Incluso, de otras religiones. 

Entonces, volviendo a aquel odio que siente el ateo hacia el cristianismo, y especialmente hacia el catolicismo, es probable que anide en él ese factor irracional que dialoga con lo divino y los misterios de la existencia, y del que por supuesto está excluido. Una orfandad irreversible, desangelada, solo atenuada con la experiencia estética y poética, la religiosidad interna y el pensamiento filosófico profundo. Dimensiones que los rozan pero que, sin embargo, permanecen en la inmanencia (y no precisamente en la de Spinoza) y que por supuesto, modernidad mediante, no abundan en las sociedades actuales.

Considerando todo lo anterior, cuando los opositores al aborto que se declaran creyentes (y cuya variante son aquellos para los que la vida es una cuestión trascendental a cualquier razón pragmática, más allá de todo fundamento religioso) se enfrentan a los no creyentes, tienen que remontar un largo camino. Con una salvedad: el creyente sí puede ubicarse en la posición del otro. Es un ser humano que vive, padece, se rige por normas, leyes, contrariedades, ficciones, como esas que hablan de libertad, igualdad y demás. Lo que no puede es pedir peras al olmo: no puede explicar lo inexplicable a aquel otro que tiene las perspectivas frontales y laterales pero que adolece, por completo, de las posibilidades de la fe. Ni aunque, en su versión pagana, fueran invisibles magdalenas que nos recordaran a un tiempo mítico y perdido: con el olfato atrofiado, los no creyentes se las engullirían satisfechos antes de estampar la firma, como quien cierra una transacción pecuniaria, sobre la mentada ley. Trascendencia o libertad, entonces. ¿Qué relato tendrá más poder? 

domingo, 3 de junio de 2018

LAS ÉPOCAS DE GILDA

Las épocas de Gilda

“¡Gilda!”, escucho (y leo en los cartelitos) que alguien llama. Detengo el zapping en seco: me había topado en plena madrugada con esa película que en mi infancia mamá nombraba con frecuencia, junto a tantas otras. Nunca pude, sin embargo, darle rostro e identidad a aquellos nombres inmortales que las protagonizaban: se me mezclaban en el recuerdo y cada vez que veía algún film en blanco y negro, intentaba adivinar el nombre del actor o de la actriz que, sabía, habían sido estelares en su momento. Entonces, aparece Gilda en la pantalla (al actor masculino, que interpreta a Johnny Farrel, no lo hubiera podido sacar ni aunque me torturaran. Después supe que era Glen Ford). Gilda. Veo ese rostro precioso que apenas con un mohín, una mirada, deja el lugar hecho escombros. Gilda y ese baile sacrílego que debió haber hecho tambalear las estructuras morales de la época. Gilda, esa mujer que usaba su poderoso cuerpo para conseguir fines, o aún “peor”, solo para divertirse, pero que al final, casi siempre hay un final feliz y blanco en este Hollywood de los años 40, era solo escenografía. Acto puro. Simulación por amor. Gilda, nada menos que en Buenos Aires: por fin la conozco, justo cuando el film y el personaje están, probablemente, a punto de caer bajo las nuevas normativas morales de este feminizado siglo XXI. Esas que dictan que la obra fue escrita y producida por el patriarcado. Destino ineludible de hoguera, entonces

lunes, 7 de mayo de 2018

CINE / BASADA EN HECHOS REALES

Basada en hechos reales

Después de ver “Basada en hechos reales”, de Polanski, no pude evitar pensar en el agotamiento. Figura peligrosa de por sí, sombra que acecha a todo creador. ¿Habrá una próxima obra verdaderamente relevante o ya me quedé sin palabras? ¿A quién que escribe, piensa, produce no le pasó alguna vez? El problema es cuando el desafío no se visualiza como tal. O porque ya no se lo puede afrontar. O porque se llegó a la conclusión de que la época no merece el esfuerzo. Entonces, el gesto repetido, el piloto automático, la ratificación del nombre propio a costa de la propia obra. Lo trillado y hasta lo oportuno (dos mujeres, dos escritoras, erotismo medio lésbico, dobles, etc., etc.). El film es tan predecible, con clisés repetidos hasta el hartazgo, que a ratos parece paródico. Inocuo. La inquietud personal, sin embargo, es bien real y desequilibrante: el papel en blanco, las ideas fugitivas y brumosas que no se aquietan, la tentación del atajo, y la incertidumbre de si, a nosotros también, ya nos habrá llegado la hora. 

martes, 24 de abril de 2018

CRÓNICAS MADRILEÑAS(5) / ITINERARIOS PARA UNA CONTRALECTURA

Itinerarios para una contralectura


Plano de Madrid en mano (el del Metro, indispensable), círculos en rojo y las marcas de los recorridos posibles. De un extremo a otro de la ciudad, en los barrios menos pensados, a contramano algunas, escondidas otras, en lugares centrales las menos. Seguirles el rastro a las librerías “de lance”, o comúnmente denominadas de ocasión, segunda mano, de ediciones descatalogadas, libros antiguos y raros, es un trabajo arduo. Es un circuito alternativo que si bien suele aparecer en los medios de comunicación, se lo aborda desde la curiosidad un poco trivial: o se hace hincapié en los precios bajos, y las increíbles ofertas, o en el bibliófilo –para la imaginación popular, ese ser medio oscuro, que merodea bibliotecas y cuanto anticuario encuentra a su paso- que va en busca de rarezas. Estas librerías, sin embargo, conforman un espacio que suspende tanto las urgencias mercantiles de las grandes casas editoriales como los cánones de la academia e instauran sus propios tiempos de lectura. Alejadas del vértigo de la gran metrópolis, cada una ofrece al lector avisado la posibilidad de construirse su propia bibliografía, ajena a ambas. Y en esto, cada una es, literalmente, un mundo aparte. Son mucho más que “librerías de viejo”; tienen, claro, el privilegio de la ubicación central y de la conexión y circulación con otros centros de Europa. Tienen, sin embargo, también que transigir para sobrevivir. Quiero retirarme de esto, me decía hoy un librero. Quiero quedarme en mi casa donde tengo más de mil libros y leerlos. Nunca quise ser comerciante. Al principio esto iba a ser solo de libros raros, que me interesaran. Pero me venían a ofrecer colecciones completas de, por ejemplo, ferrocarriles. ¡A mí qué me importan los ferrocarriles!, pero sabía que se venderían muy bien. Y así fue. Entonces, hay que ofrecer lo que te gusta y lo que no, remata resignado. Y esto se nota en todas. Pero existe sin embargo una gran diferencia con las grandes corporaciones de la palabra escrita: desentendidos del tiempo y de las modas, en estos antros librescos existe la posibilidad de reinstalar en el presente aquellas voces que quedaron sepultadas precisamente por ese nefasto mecanismo que relaciona taquilla y escritura. O que no aplicaron frente a los jerarcas titulados de turno por carecer de las conexiones necesarias para conformar el corpus, o el cánon, o cualquiera de las denominaciones que utiliza la academia para decidir quién sí y quién no entrará a sus aulas (y lo que aún es peor, a las mentes de sus discípulos). O que, simplemente, no encontraron en su presente las posibilidades de circulación y difusión. Y quedaron allí, a la espera del lector interesado.







 


sábado, 21 de abril de 2018

MADRID (3) / ¿PODEMOS?

¿Podemos?

Irene es la encantadora dueña de una de esas librerías marginales que abundan en Madrid. Las de “segunda mano”, que tanto pueden atiborrarse de chatarra como atesorar hallazgos. La chica es politóloga, está haciendo su doctorado en la Complutense, estudia las migraciones y los mecanismos de poder y control en las ciudades, que van más allá de muros y rejas (allí surgió la empatía y una larga charla) y fue alumna de todos los referentes de Podemos. También, está bastante desilusionada. “No se puede saltar de la academia a la gestión política, sin formación previa”, me dice. Y me cuenta algunos entretelones de esa agrupación que prometía y que ahora está sumida en luchas internas. No entiende cómo las clases más desposeídas de España se vuelcan por la derecha y ambas nos largamos a reír cuando tocamos el tema de la oratoria de los respectivos mandatarios. Y dice algo sorprendente: que hay mucha bibliografía argentina en sus planes de estudio. Le digo que la UBA no es lo que parece, que abundan los negociados y los cotos de caza, al margen del declive del nivel educativo; ella me retruca lo mismo de la Universidad española. Le sorprende, sin embargo, estos focos de resistencia que se erigen en condiciones tan adversas, ella con la librería (son varios locales, que realizan una gestión mucho más amplia que la mera venta de libros) y nosotros con la revista, la editorial y el centro de estudios, sin ayuda alguna y sobre todo, totalmente independientes. Afirma que el pensamiento provoca melancolía e impotencia. Hay sólidos mecanismos de estupidización global y lo peor es que tiraron las llaves y nos dejaron adentro, remata. Afuera, arde Madrid: son las horas previas a un partido de fútbol entre dos equipos no locales. Por lo que cada zona de la ciudad está tomada por sus hinchas bajo la tutela de carros policiales y la mirada de turistas y madrileños que escuchan los cantos de unos y otros. ¿Pero por qué no jugaron en Barcelona o en Sevilla?, le pregunto a un vendedor de diarios. Porque es la final de la Copa del Rey, me contesta casi con enojo. No hay camas disponibles en Madrid, me avisa la dueña del hostal: hoy el partido, mañana el maratón Popular. Este dejará paralizada a la ciudad. Me quedo con la imagen de esas llaves tiradas por algún lado.






jueves, 19 de abril de 2018

MADRID (2) / LOS LIBROS DE ABRIL

Los libros de abril
Mes del libro en España. Y se siente: mesas interminables en la Gran Vía con ofertas impensadas, en plazas y plazoletas, en los descuentos en las librerías. Aunque todavía algo retrasadas: la gente prefiere los puestos callejeros. Y después, las cuevas, esos lugares encantadores de libros usados que aquí abundan y donde una puede encontrar joyas a precios absurdos. Así está Madrid, entrando en una primavera azul, cálida al mediodía, atestada de turistas a la búsqueda de olores y sabores. Y desbordada de libros como una gigante biblioteca urbana. Suena algo así como el paraíso de Borges.










miércoles, 18 de abril de 2018

MADRID DORADA Y MODERNA

Madrid dorada y moderna

¿Del Toboso o sin Toboso?, me pregunta con jocosa seriedad el hombre de migraciones del aeropuerto de Barajas cuando escucha el nombre del hostal. Amable, intuí apenas una señal de cordialidad, como para restarle ese carácter censor que pesa sobre el que debe decidir el ingreso a un país que, encima, está visualizado como candado de Europa. Esperó, sin embargo, mi respuesta. Cuando ya estaba retirando las valijas empecé a dudar de la inocencia de aquel interrogatorio. ¿No sería algo sospechoso que me alojara nada menos que en el archiliterario Barrio de la Letras de Madrid y desconociera a la inmortal amada de su principal habitante? Algo así como “no entiendo la pregunta” me hubiera, por lo menos, ubicado en alguna mira nada deseable. Entonces sí, estoy en el glorioso Siglo de Oro español donde, curiosamente, casi no se escucha dicho idioma. Cosmopolita, con estrechas callecitas peatonales, arboladas y abalconadas (solo pueden entrar los autos de los residentes del barrio), atiborrado de bares, hostales, antigüedades y, claro, las casas inmortales, el barrio conforma una atmósfera cerrada en pleno centro de la ciudad. Un micro clima que casi le confiere estatus de pueblo pequeño y desentendido del vértigo moderno que transmiten la Gran Vía y la Puerta del Sol, a apenas unos metros de distancia. Una estrategia de lo más redituable de parte de gerenciadores urbanos que encuentran en la revitalización del culto a aquellos autores clásicos una marca y una identidad que facturan al resto del mundo. Allí vivieron y allí murieron, allí también se odiaron y recelaron unos de otros. Pero sobre todo, allí crearon. Ósmosis, reverencia, cholulismo. O en todo caso, un respiro a la prosperidad exultante de una ciudad ampulosa que, definitivamente, ingresó a Europa. Respiro tan imaginario como la amada de aquel que, confundiendo realidad con ficción, fundó la novelística moderna. En otra entrada hablaré del oficio de lectora errante, al que estoy abocada, por librerías en esta preciosa primavera madrileña.





jueves, 5 de abril de 2018

CINE:DE VUELTA A CASA / CENTRO, PERIFERIA Y MODERNIDAD

CINE / DE VUELTA A CASA
Centro, periferia y modernidad


Varios autores sostienen que las vanguardias estéticas de Europa de fines del Siglo XIX  fueron un "arte de periferias". Ese Art Nouveau (que en cada lugar adquirió nombre propio y características definidas) constituyó una forma de rebelión surgida en aquellas ciudades que orbitaban alrededor de centros rectores apegados a tradiciones y jeraquías. Así Bruselas, Glasgow, Barcelona, Viena, Chicago, Praga entrevieron que el avance tecnológico, motor de esa arrolladora modernidad industrial, podía ser también cuestión estética. Que las pesadas formas, heredadas del pasado, tenían los días contados. Ciudades que por otra parte se industrializaron a mayor velocidad que sus cabeceras (aquí Rosario en relación a Buenos Aires). La periferia entonces como lugar de apertura a lo nuevo (y sitio de fundación del primer Borges, en sus diversas acepciones: orilla, ocaso, suburbio), pero también, como escucha de una época. O mejor dicho, de los problemas de una época: la masificación, el crecimiento incontrolable de las ciudades, el tiempo mecanizado, la construcción seriada y normalizada, la industrialización sobre la producción artesanal, los nuevos temas, las nuevas percepciones. Hoy, como si las grandes ciudades mundiales estuvieran saturadas de novedad inocua y mercantilizada, se observa el papel protagónico de núcleos urbanos hasta hace muy poco tiempo sinónimos de devalúo, tanto material como existencial. Así Brooklyn en relación a Manhattan, por ejemplo. O la misma isla, pero abordada desde sus zonas marginales. De algo de esto trata el film rumano De vuelta a casa, la ópera prima de Andrei Cohn. Bucarest (y sus extensiones Londres, París, Nueva York) versus el pueblo chico, mediocre, donde sus habitantes se auto desestiman frente a las luces de las grandes metrópolis. Robert, poeta, periodista, y supuesto conquistador de éstas, vuelve a su casa por un día, a la casa de su padre, al reencuentro con viejos amigos de la adolescencia. A partir de allí, el enfrentamiento entre ambas geografías. No es casual este retorno, no solo del personaje sino de las filmografías, ya fueran de países periféricos, como Rumania; o de centrales, pero mirados desde dicha ubicación (ya lo vimos en la excelente serie noruega Vida dura desde los márgenes de la inmigración polaca; o en Proyecto Florida, solo por citar las más recientes). Este retorno a una instancia pre posmoderna desde donde replantearse la relación del hombre, precisamente, con su entorno, con esas ciudades antropofágicas que no detendrán el mecanismo hasta lograr su objetivo final: seres automatizados, no pensantes y felices de ir rumbo al matadero.  

sábado, 31 de marzo de 2018

PROYECTO FLORIDA / GEOGRAFÍAS DEL DESENCANTO

CINE / PROYECTO FLORIDA
Geografías del desencanto

Se sabe: cuando en los filmes hay niños, los mayores tiemblan. En este caso, por partida doble: no solo que la extraordinaria Brooklynn K. Prince (la endemoniada Moonee) se roba, literalmente, la nueva película de Sean Baker, sino que la vida adulta (ya en la ficción) se ve jaqueada continuamente por el ejercicio a pleno de una infancia sin frenos. Los niños, comandados por Moonee, estrujan ese tiempo-espacio hacia afuera de los bordes permitidos por un sistema que los olvidó hace rato, y se constituyen en un particular elemento de transición entre dos realidades enfrentadas: el "mágico" mundo de Disney, con sus castillos y parques encantados, y la vida miserable de los desclasados del gran sueño americano que pululan en monoblocks coloridos, proyectos truncos devenidos marginales, e implacables a la hora del cobro de la renta semanal. Entre ambos, en ese espacio del medio, que se resuelve con baldíos, yuyos, edificios abandonados, negocios plastificados, arquitectura parlante y chatarra, y lagunas con caimanes, Mooney impone sus reglas. Ecos de Boyhood y por supuesto, y en mayor medida, de Petit freres, se escuchan en Proyecto Florida. Una geografía de la desesperación que va de la experiencia lúdica y salvaje de la niñez al choque con la realidad y a la improbable salvación por la ficción. Hay cierto cine (y también televisión) independiente que recibió la noticia, los viejos relatos tambalean, la producción de epica y magia, formateada y en serie, sirve solo ya para iluminar una realidad ineludible: EEUU está en problemas. Sus márgenes se están desplazando peligrosamente hacia el centro. Y exigen su propia estética.

miércoles, 21 de marzo de 2018

LIBROS, VIAJES Y TV

LIBROS, VIAJES y TV
Viajar o encerrarme a terminar un libro. Dilema eterno. En este próximo viaje no habrá crónicas ni producciones fotográficas. Voy detrás de libros. Que no he escrito. Pero los que están en construcción, presionan. Como amantes desesperados o hijos malcriados. Padecí ambas situaciones. Preciosas y a la vez un poco angustiantes. ¿La tercera posición? Incluirme en una ficción y vivir allí. ¿Quién no soñó con ser parte de alguna novela inmortal, olvidarse del mundo real y desear que esta no terminara jamás? Supongo que nadie. Mis pretensiones son, por ahora, menores: mi adicción a las series goza de excelente salud (en este momento, no puedo leer nada que no fueran mis propios escritos).


Foto: Crashing

EN PRIMERA PERSONA (8) / CÓMO ME LIBRÉ DE UN VIOLENTO

Como me libré de un violento

Supongan que estiran la mano hacia un objeto y lo atraviesan sin problemas. ¿Se estarán volviendo locos?  Pero no, porque el objeto sigue allí. Y lo que es peor aún, va adoptando (o mejor dicho, copiando) sus maneras, sus percepciones, hasta sus propias expresiones y opiniones. Ese objeto a la vez, como en un relato de Kafka, tiene una particularidad: parece un ser humano. Entonces insisto, extiendo la mano, y de nuevo lo atravieso: allí no hay nada. La no substancia. Es como un eco o espejismo sujeto a mi voluntad. ¿Sujeto a mi voluntad? Eso es lo que el objeto me quiere hacer creer: no contradice, repite, me observa para aprender como reaccionar frente a una desgracia o a una alegría, se anticipa a deseos. Me imita como un mono. Ese objeto-hombre está allí, día y noche, vigilante, observador, eufórico: ha encontrado una presa. El tiempo, y solo el tiempo, lo va develando: la imitación y la simulación, entonces, funcionan exclusivamente como estrategias de desmantelamiento. De hacer sentir a su objetivo, al que verá como un objeto también, como en casa para luego, socavarlo.

La pregunta era, prosiguiendo con la entrega anterior, cómo sacar a un golpeador, hombre objeto, mono y sin substancia, encima, mediocre, pero con amplio poder destructivo, de mi casa. Ya no de mi vida, de la que lo había expulsado hacía rato. El problema consistía en que, lejos de complementarlo, yo poseía ambas mitades: la que podía ver y distinguir la diferencia, y la otra. Tenía amplia formación al respecto, nada menos que mis primeros 18 años de vida. La primera lo habría expulsado de inmediato; la otra, lo había retenido. ¿Para qué?  Lo confieso: para desmantelarlo, para de alguna forma, sacarlo de circulación. 

Pero aguarden antes de juzgar. No fue mi intención inicial. Fue una dinámica que llevó tiempo y sobre todo, corroboración. Piensen que los seres violentos y golpeadores no se detectan enseguida. Entonces, expulsarlo de mi casa, de mi hábitat, implicaba el triunfo de una parte sobre la otra. Como el espécimen ya estaba apegado a mí, aunque no me soportara ni había ya posibilidad de intimidad alguna (los continuos enfrentamientos le hicieron comprender que se había topado con alguien, de alguna forma, parecido), empecé con el proceso de desgaste. A echarlo periódicamente de ese espacio vital que quería recuperar en forma permanente. Él retornaba, pero cada vez más agotado, con la máscara siempre infalible de víctima. Eso me dio tiempo y oxígeno. Cuando encontré el momento –siempre existe ese momento-, le asesté el golpe final, aquello imposible de asimilar para un ser de naturaleza grandilocuente, autoendiosado, con baja autoestima y nula capacidad de empatía: “salgo un rato, me voy a acostar con fulano”. Estupefacción inenarrable. Ya sabía, policías mediante, que la violencia física estaba descartada. Ya no era el portero, el electricista, el profesor del seminario de turno o el compañero de trabajo, ni un anónimo o remoto “me acuesto con quién se me da la gana”. No, era un hombre concreto, desconocido. Un hombre que podía venir a pedir explicaciones. Un hombre sexual, no una mujer o un familiar. Es decir, tuve que recurrir al mismo machismo que, a la larga, amenazaba con matarme: en dos días juntó sus cosas (y varias de las mías) y se fue, aterrado, como quien ve un espectro. O un par. No tardó, sin embargo, en volver a sus juegos, el desmantelamiento económico y los fallidos intentos judiciales: yo debía pagar la osadía de dejarlo. 

Este relato no es una receta para mujeres que atraviesan situaciones parecidas. En primer lugar, porque estas no existen; en segundo, porque se necesita de algo que muchas mujeres carecen: un temperamento especial, adiestrado en lidiar con criminales en potencia. Porque eso es un violento y un golpeador. No se trata de un asunto de valentía. Temperamento y crianza, me educó un psicópata. No pude, en ese momento, defenderme de él. Pero me dio las armas para el futuro. Jamás pensé que las tendría que usar. Ni siquiera que las tenía. Recién cuando me topé con un ejemplar parecido, fue brotando esa capacidad desconocida. Después del tercer o cuarto golpe, de los mechones de pelo arrancados, de los moretones, de las humillaciones, del cuerpo lanzado al vacío contra banquetas y camas, de las sofocantes escenas de celos, de las extorsiones materiales y espirituales, de las amenazas de muerte o de ácido en el rostro; recién cuando comprendí que la historia empezaba a repetirse, salió aquel armamento. Esa monstruosidad incurable que anida como serpiente enroscada en los pliegues de una supuesta normalidad. Pero esta vez, el veneno fue utilizado con fines terapéuticos. 

(La foto corresponde al episodio final de la serie Big littles lies)

domingo, 18 de marzo de 2018

CINE / EL HILO FANTASMA

EL HILO FANTASMA
Pliegues

Que Daniel Day Lewis es un actor fuera de lo común es una obviedad que en este caso conviene recordar: El hilo fantasma gira en torno a él, al personaje y al actor. Una fuerza centrípeta que succiona a los otros y al resto de los recursos fílmicos, escenografía, fotografía, situaciones argumentales. Incluso, a los mínimos detalles. Porque al fin y al cabo, la película es eso, detalles, costuras, roturas, tramas secretas, fragmentos que deben conformar una obra excepcional en cuyos pliegues se alian viejos enemigos irrconciliables: la obsesión perfeccionista, con el método y la disciplina como armas fundamentales, además del talento, claro está, y la irracionalidad de la superstición y el conjuro contra las fuerzas fantasmales que perviven de una generación a otra. Los varios planos en los que puede leerse el film se metaforizan, precisamente, en ese ensamblado de telas superpuestas, que van adosándose al cuerpo y que actuarán de acuerdo más al devenir que a los deseos del artista. Como cualquier obra de arte. 

sábado, 17 de marzo de 2018

NOTAS DE AFUERA (3) / AMOR DESCARTABLE

Amor descartable

Un cuerpo. Apenas lo distingo. Solo el brillo del pelo que se desparrama sobre la almohada. La luz de la calle, que entra por las discretas rendijas de la habitación de hotel, muere justo allí, en la cabellera de color indefinido y de identidad desconocida. Anoche, en ese adverbio de tiempo que se me antojaba remoto habría alguna pista de ese hombre que duerme a mi lado. Ni siquiera recuerdo la pasión que tuvo que haber acontecido en aquel cuarto anónimo, refugio obligado de los jóvenes de entonces que vivíamos todavía en casas familiares. Cuarto anónimo, hombre desconocido, intimidad que había muerto también entre las sábanas, cierto terror difuso. Hundo la cabeza en la almohada. Cierro los ojos. 

La vida discurría entre facultad, militancia y cuartos de hoteles al paso. Esto último hegemonizaba el tiempo, como una montaña rusa que se había salido de sus rieles y nos mantenía siempre al borde del abismo, suspendidos y a la espera. Esa noche, sin embargo, fue el principio del fin. De una era. Los ochenta agonizaban prematuramente y todavía no sabíamos que cada vez que un gobierno cayera antes de tiempo lo haría con ruido, balas y muertos. La Tablada y los saqueos estaban a la vuelta de la esquina. Y unos pasos atrás, el nefasto “felices pascuas”. La sexualidad revolucionaria  también estaba llegando a su fin. Empezaba a aburrirnos, pasaban los cuerpos desconocidos y conocidos por camas anónimas, las reuniones predecibles en casas ajenas, las madrugadas interminables vagando por una Buenos Aires cada vez más hostil, la incertidumbre por un futuro que siempre se nos antojaba un poco más negro. Yo añoraba, ya entonces, los primeros años pos dictadura. El instante sagrado del renacimiento. El inicio del torbellino, del agite, de esas primeras veces irrepetibles, del amor redentor y de la lucha con final feliz. También entonces estábamos desesperados. Vivíamos desesperados, deambulábamos desesperados, pero creíamos.  Sin saberlo, habitábamos un afuera que nos devolvía el espejismo del centro. Éramos una raza en extinción: tal vez, la última generación de jóvenes creyentes. “Mamá, ella nunca se va a casar, es anarquista”, le decía entonces un compañero de estudios a su madre cuando yo iba a su casa a estudiar. La mujer, modista de alta costura, solía hacerme modelar sus trajes de novia a modo de prueba. "Qué bella estás, imaginate cuando sea el tuyo", me decía contemplando su preciosa obra sobre mi cuerpo. Los otros reían e insistían en algo que cumplí a rajatabla. "Pero como que no, cuando se enamore hablamos", insistía la mujer. Mi reflejo en el espejo y el terror que me recorría la espalda, como un film de clase B, certificaban que no, que no seríamos ni esas mujeres ni esos hombres que prohibían el sexo en las casas familiares o que soñaban con el blanco y la descendencia. Nunca seríamos normales.

La luz de la mañana entra a raudales. El turno termina a las diez. Vamos a desayunar a un bar de Chacarita. Una saludable nube de indiferencia empieza a levantarse entre los dos. O ya fluía de antes. Me deprime el momento, me alegra saber que no lo volveré a ver. Intuyo que a él le pasa lo mismo. Nada personal. Solo hartazgo prematuro.  Mucho tiempo después leí que Flaubert pensaba que despertar con un cuerpo desconocido a nuestro lado era una experiencia imprescindible para comprender la modernidad. La estaba comprendiendo entonces a costa de sangre y deseos. No tengo dudas: después de cerca de diez años convulsivos, estaba harta de ser joven.

martes, 13 de marzo de 2018

NOTAS DE AFUERA (2) / NUNCA VOLVEREMOS A SER JOVENES

Nunca volveremos a
ser jóvenes

Los jóvenes son graves; viven esencialmente el futuro. No habrá “franja etaria” más consciente de la transitoriedad del tiempo que el joven. Como un reloj de arena, ven discurrir su juventud casi en tiempo pasado. La angustia de lo efímero se conjuga con la sensación de eternidad, que también acecha, ambas tironean, ambas saben el final del juego. Los jóvenes se sienten viejos por haber sido expulsados del periodo de gracia de la adolescencia (allí empiezan también ellos con el proceso de mitificación del pasado) 
y acorralados por la madurez que les espera a la vuelta de la esquina. Odian, con justa razón, el embelesamiento de los adultos por la piel tersa, el pelo brilloso, los músculos firmes, el asedio por una improbable ósmosis y la copia: odian lo que saben que van a perder en segundos. Ese mismo endiosamiento los aterra aún más: en esos idólatras nos convertiremos muy pronto. Para un joven no debe haber mayor hecatombe que pensar en llegar a la adultez (de lo que está salvado el niño a través de su espíritu lúdico). De centro a periferia nostalgiosa, cuando no, patética. Cuerpos en decadencia y discursos, lenguajes y ropajes que tratan de emularlos, o por lo menos, ofrecer una versión que de ellos se hicieron a lo largo del tiempo y la desmemoria; y el espanto crece. Adultos que viven el instante, no por juventud sino por la certeza de un final que ya empieza a sonreírles; no hay que demostrar ni conseguir nada más: la irrelevancia los absuelve de dar explicaciones. Son seres que de jóvenes fueron graves y que se jovializaron con el tiempo. Se olvidan, por motivos de supervivencia, de lo esencial: la innata apertura a lo nuevo, el escaso bagaje que todavía no empuja hacia abajo y la expectación y la escucha del verdadero joven hacia lo otro son irrecuperables con el paso del tiempo.  Tal vez los artistas sean los únicos que gocen, sin proponérselo, del privilegio de  la eterna juventud. O más aún, de la infancia eterna. Pero solo los verdaderos. Por ello, la caricatura nunca compite ni se confunde con la realidad. Es apenas una reinterpretación de aquellos detalles salientes y significativos de lo que, economía comunicacional mediante, está instalado en el imaginario sobre el objeto de estudio. Por eso, el rechazo y el asco. O la risa. Nunca se vuelve a ser joven. Todo lo demás es apenas una estrategia de autoconvencimiento sin fisuras que cuenta con un único convencido: el adulto, que ya solo se escucha a sí mismo. Y, claro está, con una generosa farmacopea que, como el canto de las sirenas de Ulises, promete la gloria sensual, el reverdecer de la potencia extinguida: pocos se tapan los oídos o se atan a mástiles para no sucumbir a ella. Habría que ser un héroe. Y, ya sabemos, la época moderna, esa vieja jovial,  los ha desterrado hace tiempo.

La foto que ilustra esta nota es de Nahuel Track, de Agencia Sinestesia

lunes, 12 de marzo de 2018

(INTIMIDADES)

Me gusta el otro. Amo las charlas de café en bares interminables. O las madrugadas habladas en casas entrañables. Digo: amo un mundo en vías de extinción. O ya desaparecido y estos son apenas recuerdos camuflados de actualidad. Deseo cuerpos y no pantallas; miradas y sonrisas y no íconos. Una pública intimidad nos acorrala. Estoy aturdida de voces anónimas y fugaces que circulan incontinentes, obsoletas en segundos. Suficiente lidiar con las que tengo en la cabeza: ellas, por lo menos, me exigen la escritura. Y el silencio.

domingo, 11 de marzo de 2018

AFUERA / ESCRITURA Y FRACASO

Escritura y fracaso

Escribir es tratar de contestar alguna pregunta que formulamos alguna vez y que olvidamos. O, lo que es lo mismo, tratar de encontrarla. La escritura es insatisfacción y olvido. O nomadismo activo. No se aquieta ni aún con la letra impresa, su geografia es siempre inestable. Veo mis libros publicados, me recorre la extrañeza. Algo se movió de foco, o ellos o yo. O ambos. Somos en última instancia seres vivos que se estudian con recelo. Se desconocen, o se conocen muy bien. Como dos amantes que se vuelven a encontrar después de un tiempo: no queda nada pero allí está, eso innombrable que los vuelve tan extraños como cercanos a la vez. Fuera de foco; ¿qué escritor-pensador serio no lo está? Seguramente en este momento no hay nadie allí afuera, a la escucha y a la espera; vendrá después, o ya estuvo.  Ese es el fracaso de toda escritura que va contra su propio tiempo y que habita territorios móviles. Pero probablemente también su victoria. Felicidad y escritura están en frecuencias diferentes, planos paralelos que, por mero instinto de conservación, se miran de lejos, mantienen distancia. Por suerte. Hoy, a las puertas del otoño, se inaugura esta nueva columna, Afuera, que saldra los domingos en este espacio.

Foto: Z.L. (Marzo 2018)

sábado, 10 de marzo de 2018

ACTUALIDAD / EL FEMINISMO Y EL EMPOBRECIMIENTO DE LA POLÍTICA

El empobrecimiento de la práctica política

En los 80, herederos de los nefastos 70, se militaba en otra forma. Y esto no es un lugar común, ni un gesto melancólico. La forma y el contenido constituían una unidad que era prácticamente imposible que el poder se apropiara de aquellas luchas, salvo por la fuerza, claro está. El enemigo era tan claro que no había conciliación posible. Por eso, era imprescindible la teoría como práctica. Nos formábamos como militantes (aunque en plenarios y reuniones de agrupación, a veces termináramos a los gritos). Sin ella, nos convertíamos en blanco fácil, idiotas útiles, cooptados o desertores. La lucha nos consumía las 24 hs. del día. Y no era excluyente: trabajadores, estudiantes, explotados, olvidados del sistema: todo oprimido era el objetivo y el motor. Y claro está, los desaparecidos. Ese rasgo tan distintivo de la modernidad, buscar siempre unidades, totalidades y cofradías incluyentes y solidarias, es lo que se perdió en esta nefasta postmodernidad. Hoy, hay derecho de admisión; hoy, hay tenidas que cumplir; hoy hay cinco o seis reclamos contra un enemigo que es una fantasmagoría, el patriarcado. Hoy se lucha contra el viento. Por eso, con extrema facilidad, se cae al otro lado: porque no hay raíces ni saberes ni sustentos. Es la remera del Che que circula prostibularia y adquiere la identidad de quien la viste. La primera explicación que se me ocurre es que el neoliberalismo y también el populismo hicieron muy bien su tarea, desmantelar los espacios de pensamiento, atacar fuertemente la educación y la cultura. Hoy, pero desde hace ya décadas, escuelas medias y facultades están en una orfandad irreparable. No se producen ideas ni pensamiento crítico. Allí, empezamos a morir un poco.

(Fotos: Mayo Francés / 8M )

martes, 6 de marzo de 2018

EN PRIMERA PERSONA (7) / EROTISMO Y PROMESAS DE ÁCIDO EN EL ROSTRO

EN PRIMERA PERSONA (7)
Erotismo y promesas de ácido
en el rostro


No sé si será que el estudio fue mi refugio durante la adolescencia en la violenta casa paterna; o la violencia fue desatada, en parte, por esos estudios. Padre brillante que se encuentra con tres hijos abanderados, altísimos coeficientes intelectuales, halagados por profesores y directores, etc. Y él, en declive. Mental, físico y profesional.

¿Repetí la historia en mi vida adulta? ¿El  huevo y la gallina? 

Arquitectura, filosofía, proyectos que materializaba con cierta facilidad. Y el otro, que siempre había sido el intelectual de su familia de origen, entrevió allí el peligro. El adoctrinamiento,  o mejor dicho, el intento, fue lento y sutil: en principio, todo compañero, profesor, colega, amigo, era amante, potencial o en acto. Hombres a los que quería seducir. O que me querían seducir. O que ya nos habíamos seducido. No había otro motivo por el cual yo, que desde los cinco años cuando entré a primer grado, jamás había dejado de estudiar, deseara frecuentar clases y seminarios después de recibirme. De golpe el mundo se había reformulado: mis estudios tenían exclusivos fines eróticos: "¿Por qué le sonreíste a aquel compañero? ¿Y ese profesor quién es? ¿Te gusta? ¿A dónde fueron después de clases?", etc. Lo de rutina. Cada reunión compartida terminaba en desastre. Luego, el rouge, el escote, el jean, la pollera corta. Luego, la ampliación de mis intereses sentimentales: el plomero, el electricista, el vecino, el cerrajero, el portero, y así, indefinidamente: yo era una ninfómana que deseaba a todo el mundo, menos a él, claro está.  Al menor reclamo, el llanto, el pedido de perdón o la actitud policial: "Tengo miedo de perderte". "No niegues que le sonreíste". Y todo el libreto harto conocido de cualquier manipulador. 

En una ocasión tuve la “desgracia” que, durante una noche de sábado, en plena Corrientes, dos actores muy famosos, y muy atractivos, posaran la vista sobre mí. Como lo habrán hecho dos segundos antes en la mujer que me precedió. Y dos segundos después, en la que venía detrás mío. Los odió hasta el último día. Solía pararse en el umbral, con esa mirada inquisidora de quién busca el crimen antes de ser cometido, mientras me estaba arreglando para salir, y me espetaba aquello de que "esos dos me habían mirado". Deducía, con su modo particular de sentarme siempre en el banquillo de los acusados, de que yo, seguramente, les había transmitido algo con la mirada, los había provocado, etc., etc. Y así con varios. Yo conocía el argumento de memoria. A mi mamá, por carácter, esos reclamos la encerraron en casa durante décadas. A mí en cambio, baqueana en esto de tratar con psicópatas que encima pasan a la acción, me provocaban al enfrentamiento. A visibilizar las verdaderas intenciones. Entonces, el rouge más intenso, la risa más fuerte, el escote un poco más profundo. ¿Ves?, soy indomesticable, como me conociste. Hasta algún punto, lo disfruté: venganza tal vez.

El error: la semana siguiente empezaba un seminario. Durante toda la noche, Googleó si el docente que lo dictaba era casado. Desconozco qué descubrió. Pero me despertó a los empujones a la mañana y me dijo que yo solo quería volver a la juventud libertina de la universidad, donde “me acostaba con todo el mundo”. Mareada de sueño (solía hacerlo a menudo, casi como una tortura), me incorporé y le dije que se fuera al diablo. Seguí durmiendo. Su mente, sin embargo, siguió trabajando. A la noche, convencido seguramente de que el docente, cuyo nombre ni siquiera recuerdo, y yo huiríamos juntos a alguna playa remota, vino la amenaza: “si me dejás, te tiro ácido a la cara como hizo tu papá con tu mamá”. Recuerdo que yo estaba en la computadora escribiendo. Craso error de su parte: nuestro hijo estaba presente. Lo eché de mi casa. Pero volvió al día siguiente, rompiendo puertas, cerrojos y cadenas, llorando, pidiendo perdón. Pero convencido de que tenía razón.

Ese día empecé a pergeñar una estrategia diferente: cómo sacar, definitivamente, a un psicópata de mi vida (y de mi departamento).

(Este testimonio, aquí ampliado, consta en la declaración que realicé en la Oficina de Violencia doméstica, en junio de 2017).