martes, 23 de enero de 2018

INFANCIA Y VIAJE

El cuerpo llegó hace unas horas; el espíritu aún quedó en Salta. Y con las valijas a medio deshacer, la planificación de un próximo viaje. Los borradores de mi próximo libro están allí, a la espera. No tengo dudas: cuando se viaja se busca la infancia. Y Salta, con sus patios coloniales, su blanca chatura, sus parrales, silencios, aljibes y siestas, es la Asunción de hace algunas décadas atrás.


domingo, 21 de enero de 2018

CRÓNICAS DEL NORTE / EL RETORNO

El retorno

La altura puede ser aliada eficaz como temible enemiga. En cualquier caso, nosotros, los que vivimos al nivel del mar, tenemos que andar con cuidado. El té, caramelos y pastillas de coca, o la hoja para mascar, aquí en Salta, y ni hablar en las alturas de Humahuaca, son usuales. Es tal vez el encanto de la montaña: esa dificultad por ser conquistada y que por supuesto le permitió esconder ciudadelas enteras a los ojos del invasor. ¿Es tu segunda, tercera vez en Salta?, me pregunta un artesano. La tercera, le respondo un poco sorprendida. Es que a Salta siempre se vuelve, yo soy de Buenos Aires, pero vivo hace años en Humahuaca, agrega. ¿Vas a ir?, pregunta. Le cuento que la última vez no me trató muy bien. Que estuve en La Paz, en Potosí, pero sin embargo, fue en Humahuaca donde me apuné. Y mal. No hubo te de coca que me salvó. El hombre se ríe. Hay que ir despacio, aconseja, ir subiendo muy despacio y no vas a sentir la altura. No le dije nada, pero íntimamente disentía: la altura se siente siempre. Despacio, muy despacio llegué a aquellos lugares y sin embargo todo parecía en cámara lenta. Las calles se movían ligeramente y el aire no terminaba de llegar a los pulmones (algunas noches siento eso mismo en Salta, a tan solo 2400 msnm.). Geografía feroz, nada complaciente y sin embargo, ¡cuánta cultura, cuánta belleza, cuántos pensamientos a contramano de la historia occidental! Bellísimo norte que se camufla y le da al turista lo que viene a buscar, ese lugar común del “cóndor pasa” y bailes de ocasión. De artesanías en serie, gastronomía atenuada y shows a medida de las abultadas billeteras del próspero occidente que retorna. Bello norte del que me estoy despidiendo. Y este domingo no podía ser más soleado y azul. Y hasta, como buena mala católica, entré a la colmada Catedral, había misa. No te fijes en los pecados, sino en la fe de tu Iglesia, repetía el cura en una homilía que conocía de memoria. Luego el deseo de paz, la estampita que me obsequió una señora, y que me hizo acordar las de mi primera comunión, y aquello de “tú, haz venido a la orilla, no haz buscado ni a pobres ni a ricos…” que, confieso, me emocionó. Ese es el poder del catolicismo: se enraíza en la infancia y es difícil separarlo después: se sabe, competir con la infancia conlleva a una derrota segura. Bello y raro norte que hasta me hizo volver a misa. Retornar, como decía aquel artesano, a Salta, a la infancia, a cierta suspensión, a cierto delirio que trastoca realidad con alucinación. Esa que solo se consigue, y que no conviene combatirla, aquí en las alturas. 



 







Fotos: Zenda Liendivit (Salta / Enero 2018)

jueves, 18 de enero de 2018

CRÓNICAS DEL NORTE (4) / EL ESTADO, EL MUSEO, LA EMPRESA, LA MEMORIA

El Estado, el Museo, la empresa y la

Memoria

Lo hemos pensado, escrito e interrogado muchas veces: ¿Cómo debería ser hoy un museo? En las grandes metrópolis existe el compromiso de interacción con la ciudad: uno se intercepta con la otra, la interroga, adopta sus formas, sus circuitos de significación y representación, sus cambios e inclusive sus modos de producción. El museo del siglo XXI ya no aspira a ser aquel lugar medio sombrío donde los tesoros de la alta cultura se resguardaban de lo “común”. Todo lo contrario. La ciudad es la gran productora de arte, en lugar de convertirse ella misma en museo (peligro de toda ciudad eterna), se revitaliza con aquella interacción. Pero en ciudades como Salta, donde la impronta colonial es “marca” de identidad, rédito turístico, y de alguna forma, ratificación de otros modos de colonialismo, el tema del Museo adquiere, o tendría que hacerlo, una función crítica. En última instancia, las obras que resguardan sitios como el Museo de Arqueología de Alta Montaña, el Histórico del Norte o el Antropológico, están mostrando esas formas de vida que pertenecen a la historia, pero que sin embargo, perviven, camufladas en el presente. Formas de resistencia sobre vencedores que cada tanto deben neutralizar el reflote de aquellas fuerzas vitales. No es casual que de norte a sur de la Argentina grupos originarios se levanten en contra de estos nuevos modos de colonialismo. Salta colonial es una belleza, pero esa belleza no está en lo colonial sino en esa secreta rebeldía. A la que no habría que confinar al museo. O en todo caso, el museo podría develar estas tensiones (un ejemplo de esta actitud es el revulsivo MoMA de NY, que organiza exposiciones confrontativas). El problema radica en que toda restauración, preservación, excavación o muestra necesita fondos; y el Estado no suele ser demasiado dadivoso. Por lo que las empresas son, en última instancia, las que decidirán qué se conservará y qué se descartará de la memoria. Ese es el triste devenir de toda la cultura en sistemas donde ella está considerada artículo de lujo o superfluo y no parte de la biografía vital de un pueblo.










Museo Antropológico; Museo Histórico del Norte (exteriores) / Salta
Fotos: Zenda Liendivit (Enero 2018)


CRÓNICAS DEL NORTE (3) / CACHI

Cachi

El pueblo es precioso, ¡qué duda cabe! La cuestión es llegar hasta él. No es para cualquiera, hay que atravesar ese tramo diabólico de la ruta 33 que tiene su punto culminante en la Cuesta del Obispo y en donde durante unos minutos, tal vez una hora, el viajero queda en manos de Dios; o del conductor del micro. O, en última instancia, de la misma naturaleza, que tanto puede desatar una lluvia imprevista, con el consiguiente sendero resbaladizo, un alud o descender las nubes hasta que estas, el camino, la cornisa y el abismo formen un todo indistinguible. Personalmente, no tengo vértigo; he recorrido infinitos senderos de montaña. Pero esta, que como bien dice Omar Cabezas es algo más que una inmensa estepa, tiene sus propias reglas que nada tienen de estáticas. Geografía cómplice, aliada, feroz, a veces mortal, ella es el precio para acceder a este valle y a estos pueblos que a ratos parecen irreales. He hablado de ellos en El comienzo de lo terrible. Pero una vez más se ratifica aquéllo de que no es la palabra la mejor aliada en estos casos, sino los sentidos, cierto espíritu predispuesto a la comunión. Por algo habrá sido que los incas no tuvieron escritura: la encontraron superflua. 
Cachi es blanco, el cielo (me dicen) azul todo el año; las montañas a lo lejos, como en Tilcara, custodian esa quietud silenciosa. Cachi es una joya: sospecho que “lo colonial”, los Obispos, la iglesia y las encomiendas fueron apenas una conciliación. Los dioses están en otro lado.
15/1/18













Cachi / Cuesta del Obispo / Nevado
Fotos: Zenda Liendivit (Enero 2018)


domingo, 14 de enero de 2018

CRÓNICAS DEL NORTE (2) / LA NIÑA DEL RAYO, EL NIÑO Y LA DONCELLA

La niña del rayo, el niño y la doncella

Tres niños descubiertos, en perfecto estado de conservación tras 500 años de entierro en la cima del volcán Llullaillaco, a 6700 metros de altura, durante una expedición arqueológica en 1999. Están "exhibidos" en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta. Niños-ofrendas para aplacar a las montañas sagradas, pedir favores o preservar dinastías. La vi a ella, a la niña del rayo. Mientras contemplaba ese rostro precioso, ese cuerpo aterido seguramente por el frío, ese ajuar lujoso, no me decidía si la atrocidad que me revolvía ligeramente el estómago radicaba en las costumbres incaicas o en esa tecnología interdisciplinaria que a través de la criopreservación traía cuerpos del pasado, como si hubieran muerto ayer, y de los que se podía saber qué enfermedades padecían (la doncella tenía bronquiolitis; los dos más pequeños, gozaban de excelente salud). Dos tecnologías en pugna. La ofrenda sagrada que por geografía se garantiza la eternidad y la investigación científica que la ultraja. En el salon de los videos explicativos me bajó la presión; o me subió. En todo caso, mi cuerpo también se puso en juego. Así es el norte andino; así también es occidente y sus progresos.

CRÓNICAS DEL NORTE (1) / SALTA

Salta


Fotogénica. Lo primero que se me ocurre cuando, cámara en mano, la voy retratando. Surge la inevitable postal y eso otro que todavía no se termina de dilucidar: la belleza de Salta, como cualquier belleza abismal, tiene un fondo inexplicable. Ni la historia, ni las culturas sedimentadas ni la naturaleza que se confabulan para ofrecer semejante espectáculo (porque Salta es escenográfica) alcanzan. Pero no vine a Salta, por tercera vez, para intentar descifrar ese enigma que convoca a un determinado tipo de viajero y que la lanza al mercado turístico con la marca, precisamente, de la belleza. Salta, en esta travesía, es cabecera. Después de una sobredosis de modernidad, de grandes, fastuosas y miserables metrópolis, se imponía un paréntesis transitorio. Tampoco me interesaba volver sobre “lo colonial”, de lo que estoy un poco harta. El objetivo principal son los pueblos. El pueblo. Esa comunidad fundada, en estos casos, por culturas pre occidentales. ¿Qué pervivirá de uno en lo otro? El norte tiene la suerte (o la ventaja) de su topografía, de su indómita geografía, que de alguna forma impidió su liquidación masiva al mejor postor, como ocurrió en el sur. Hacia allá voy, otra vez: me esperan alturas, cornisas, caminos de ripio, té de coca y esperemos que no demasiadas lluvias. Como ahora, que en Salta está diluviando.






 


FOTOS: ZENDA LIENDIVIT (ENERO 2018)

lunes, 8 de enero de 2018

EL VIAJE

El viaje

Hace más de 15 años que no viajo por turismo; antes lo había hecho varias veces y así quedó la mayoría de aquellas travesías, perdidas en la memoria: o porque elegía pésimamente los acompañantes, o porque con los lugares no lograba empatía alguna. Por lo general, por ambos motivos. Porque viajar es un asunto amoroso antes que turístico, vacacional o incluso profesional. El viaje exige la puesta en juego del espíritu, la participación activa, el esfuerzo intelectual pero también emocional y corporal del viajero que por unos instantes entra en comunión con esa atmósfera nueva. O reincidente. De ahí que el trabajador, que día tras día, mes a mes, está sometido a relojes, ordenes, jefes despóticos, devaluaciones y temor al despido, se incline por el turismo deglutidor antes que por el viaje. O por huir desesperadamente hacia aquellos lugares donde se garantizará lo conocido. Viajar es definitivamente un asunto amoroso. Solo que, por fortuna, no tenemos que vivir el resto de nuestras vidas con el sitio visitado. Bien lo entrevió (y padeció) Stendhal con Milán (y casi todos los grandes viajeros del siglo XIX que dejaron testimonios): nunca intentar perpetuar el instante que está condenado a la fugacidad, nunca creer haber atrapado el momento, el espacio-cuerpo que se nos ofrece con voluptuosidad. El viaje, como la pasión amorosa, no tendría razón de ser si no se vislumbrara el final. Aún antes de iniciado el mismo.

sábado, 23 de diciembre de 2017

CRÓNICAS URBANAS / MIEDO, EROTISMO Y RETORNO

Miedo, erotismo y retorno 

















34° de calor. El centro arde, la gente ansiosa, el tráfico imposible, así miércoles y jueves. Voy de un lado a otro, me quedo atrapada en un embotellamiento, el 37 no avanza. Tomo el subte. Hora pico. Rostros agobiados, abatidos: los celulares apenas cuelgan de algún brazo desganado o directamente están guardados. Pienso: si toda esta gente hubiera estado el lunes en el Congreso, no solo no se realizaba la sesión. Lo hubiera tomado, aunque más no sea por el aire acondicionado. Y no habría balas de goma ni hidrantes que la hubiera detenido. Pienso, sin embargo, que más que furia, veo ansiedad. No creo en balances de fin de año, ¿quién rayos hace balances? No conozco a nadie haciendo listas de pros y contras. Tampoco en el estrés de las fiestas ni en la locura de los regalos: eso se hace a última hora, en algún shopping, y por lo general, sin importar el destinatario. Sigo pensando, ni furia ni balances ni aguinaldos que no alcanzan. Es miedo. No porque nos estemos volviendo un año más viejos y viejas: esa es la tarea de los cumpleaños. Finalizar un año es otra cosa: es miedo. Ancestral. Algo se termina, un ciclo, ¿retornará al día siguiente? Pienso en el rapto de Perséfone y la maldición de la madre: mientras la chica estuviera en el infierno, habría invierno y nada de agricultura; el tiempo que estuviera en la tierra, primavera y verano. La humanidad, entonces, siempre pendiente de un hilo y con posibilidades ciertas de morir de hambre, así un año tras otro: ya sabemos, los dioses son caprichosos. Pienso en los rituales incas, en la dura tarea de los sacerdotes de amarrar al Sol en el Intiwatana para que no se fuera. O por lo menos, para que volviera después de los crudos inviernos del Altiplano. La humanidad pendiente de un hilo. Miedo ancestral, eso es lo que siente el moderno frente a este fin. Tal vez por ello, como garantía, repite los tediosos rituales festivos, las vacaciones del año anterior, y del anterior, y del anterior. O se embarca en aventuras para no repetir. Y garantizar que nada acabará mientras esta dure. Después, el acostumbramiento: el sol volvió, igual que Perséfone. No hay que sacrificar sacerdotes y la tierra volverá a dar frutos. Miedo. Eso pensaba en el interminable viaje en subte de vuelta a casa. Miro distraída a mis ocasionales compañeros de agobio. Todos abatidos, con miedo según mi teoría. De golpe su mirada se encuentra con la mía. Y al hombre no se le ocurre nada mejor que hacer un gesto lascivo con la boca mientras me recorre de punta a punta. Pero no soy macrista: no me eleva la autoestima. Tampoco feminista: no me colgaré un cartel diciendo “tu opinión sobre mi cuerpo no me interesa”. Estoy a punto de preguntarle con la mirada. “¿Cierto? ¿Estás pensando en eso con este calor espantoso?” Pero la desvío y remato mentalmente la reflexión anterior: se termina un tiempo, no sabemos si retornará (retornaremos) el año próximo. El erotismo es también una forma de conjurar ese miedo. Erotismo y muerte están estrechamente relacionados, recuerdo a Bataille. Y a Martínez Estrada y las pervivencias de lo originario en las ciudades modernas. Lo absuelvo al lascivo y bajo en la estación de mi casa. Pensando en el año que se va, en el temor, en el deseo, y en la muerte. Y ojalá, en el retorno.

domingo, 17 de diciembre de 2017

TV / ROOM 104

Room 104: El dilema

El muchacho se está preparando; en cuestión de minutos irá a la convención política de los candidatos a la presidencia de los EEUU. Bien arreglado, de traje, con la credencial correspondiente y un artefacto explosivo en el portafolio de cuero. Hará volar el sistema, literalmente. De golpe, irrumpe el técnico del aire acondicionado, que funciona mal en el cuarto 104. Empieza a arreglarlo y a darle charla. El muchacho, obviamente, nervioso. El otro sigue. La TV prendida en las noticias de la convención. Se da cuenta de que el joven está invitado porque ve la credencial sobre la cama. En algún momento, este le pregunta si, en el caso de que existiera una máquina del tiempo, iría a Alemania del 30 y le pegaría un balazo a Hitler. El técnico piensa, duda, y responde que sí, que lo haría. Sigue la charla. Entonces el hombre vuelve sobre sus pasos. Se retracta, le dice que no, que no iría a matar a Hitler. El joven se impacienta: le recuerda el Holocausto, los millones de masacrados, lo que le ahorraría a la humanidad un acto de esa naturaleza. El técnico duda, le contesta que seguramente habría otro que ocuparía el lugar de Hitler, que eran tiempos de odio, que habría que estar allí, que hubo muchos, muchísimos que lo sabían y que lo apoyaban. Que no era solo Hitler, que había una sociedad detrás.  Room 104 es esto: cada capítulo, de la serie de 12, nos deja un poco tambaleantes, nada que no supiéramos, todo es cuestión de formas. De una estética y un guión que desnaturalizan lo conocido y lo reubican en un sitio inesperado. Televisión Arte y de la mejor.