jueves, 9 de mayo de 2019

IMAGINACIÓN Y FANTASÍA

Imaginación y fantasía

La fantasía es reaccionaria; la imaginación es libertaria. La fantasía es fácil, inmediata, placer a la carta, satisfacción garantizada; la imaginación implica roturas, quiebres, ingresiones y derrumbes, creatividad y riesgo. La fantasía se camufla de erudición, juego de palabras, conocimiento detallado del diccionario y de alguna disciplina, preferentemente la historia o las ciencias sociales; reproduce la lengua del poder y clausura cualquier posibilidad de fuga: son los animalitos humanizados de Disney; la imaginación es Gregorio Samsa metamorfoseado en cucaracha o los seres imaginarios de Borges. Abundan los relatos fantasiosos, de esos que saturan las librerías y las redes, donde consiguen innumerables ventas y likes. Escasea la imaginación.

lunes, 15 de abril de 2019

PASAJEROS EN TRÁNSITO

Pasajeros en tránsito

El viaje era una costumbre muy arraigada en los círculos artísticos e intelectuales del siglo XIX y principios del XX. Era habitual pasar gran parte de la vida desplazándose de una ciudad a otra, fijar residencias temporarias, absorber nuevas atmósferas. El nomadismo otorgaba como una especie de salvoconducto prestigioso, una ratificación de pertenencia a la alta cultura, una forma de marcar diferencia con la burguesía sedentaria que se dedicaba a acumular y que a lo sumo solo hacía turismo. A veces, estos desplazamientos y cruces se plasmaban en la obra; tal el caso de Henry James, ubicado en la intercepción como muchos de sus personajes entre el pragmatismo norteamericano y la fina sensibilidad europea. Nietzsche, por motivos de salud, iba tras los saludables aires alpinos y los inviernos genoveses, los afectos, los nuevos estudios y seguramente para conjurar la atroz soledad que lo andaba cercando. Las pasiones también motorizaban los desplazamientos, como en Rilke y Benjamín y sus partidas a Moscú por amor. Aunque será en París donde encontrará este último las condiciones para radiografiar los orígenes y los efectos de la nueva era. En otros, como Baudelaire y Poe, el desplazamiento era más que nada dentro de determinados límites geográficos y tenía connotación de huida, a veces de amantes y acreedores como el poeta francés; o de la miseria y de sí mismos en el caso de ambos. Algo similar ocurría con Arlt, que siempre prefirió moverse dentro de Buenos Aires, con algunos pocos viajes al exterior por motivos profesionales. Kafka jamás estuvo en EEUU pero escribió América, y de paso demostró las múltiples acepciones del término viajar. Stendhal, en cambio, viajaba y se enamoraba apasionadamente de la ciudad de destino –especialmente de Milán-, de cualquiera menos de París, padecía una xenofobia a la inversa según Barthes. Para otros, el exilio era obligado, Mann, Gropius y Adorno, entre tantos, con el fascismo pisándole los talones, el mismo que mató a Benjamín en Port Bou, esa ciudad fronteriza a la que había huido demasiado tarde. Rimbaud fue más lejos aún, se olvidó de la literatura, viajó a Oriente y volvió a Francia sólo para morir. Búsquedas místicas y exóticas o eróticas se leen en los viajes de Artaud a México y de Flaubert a Egipto. Era imprescindible también para los hijos de nuestras familias patricias que realizaran el tour cultural europeo, del que volvían con el último grito de la moda en cuestión de literatura, arte, arquitectura, urbanismo y hasta de filosofía, cosa que a veces resultaba complicada puesto que como se demostró rápidamente no habría recetas universales en este mundo, ni siquiera la pretendida modernidad. Todo habitante de la metrópolis, bien posicionado económicamente y de larga estadía ancestral en el país, viajaba al viejo continente para, al fin y al cabo, pertenecer. La ratificación a esta pertenencia estaba paradójicamente en aquel desplazamiento, en la huída temporaria de una aldea que jamás alcanzaría a ponerse al día en cuestiones que marcarán siempre la diferencia entre un centro rector y una periferia expectante. En la actualidad, el viaje se ha convertido en una forma de subsistencia, ya sea material o espiritual: se busca la tierra prometida, un antídoto contra la realidad cada vez más expulsiva del sitio de origen o, paradójicamente otra vez, la pertenencia a un territorio selecto y ajeno a cualquier coordenada geográfica. Se viaja porque, al fin y al cabo, hay algo que murmura en contra de la quietud, cierto malestar de la instalación como diría Derrida. Sea porque a veces la ciudad nos sofoca, se nos antoja violenta, árida o familiar hasta el hartazgo. Desértica aunque esté cada vez más poblada, u hostil justamente por este exceso de población en estado de misantropía terminal. Viajar implica desencontrarse, implica, como modernos y pacíficos hunos, estar siempre llegando y siempre partiendo de los territorios a conquistar. En el mejor de los casos, el viaje actúa sobre nuestros cuerpos provocando el agradable malestar de la extrañeza y la posibilidad de la recepción de la diferencia; en el peor, apenas nos convierte en turistas. Viajar es uno de los grandes temas de nuestro tiempo: nos movemos para estar asentados en cierta creativa transitoriedad, para seguirle las huellas a una época que hizo de la velocidad y el movimiento su razón de ser.

Del libro Territorios en tránsito / Zenda Liendivit (Contratiempo Ediciones, 2008)

miércoles, 10 de abril de 2019

SALAMONE EL VISIONARIO

Salamone, el visionario






Resulta difícil imaginar el impacto de la obra de Salamone sobre estos pueblos de la Provincia de Buenos Aires a fines de la década del 30. Pienso en los entonces monumentales Galería Güemes y Palacio Barolo, que al parecer también convulsionaron a la chata Buenos Aires de principios del XX. ¿Fue así? ¿O fue apenas la ilusión de todo arquitecto, convalidada en el orden del discurso pero de efecto incierto en la vida real? ¿Participó la pampa de esta arquitectura modernista que, más allá de estilos, influencias y denominaciones, estaba expresando no sólo la voluntad singular de su creador sino una relación específica con la realidad, el contexto y la historia? Una relación marcada tanto por la ahistoricidad de las formas como por el carácter utópico de su recepción.

En la obra de Salamone, los elementos se elevan en gesto futurista, fluyen belicosos, como las torres de los Municipios, que se desligan de la base, perforan el cielo y exigen la vista al cielo, actualizándole al hombre su propia escala. Un uso de la verticalidad que recuerda a las alturas de las catedrales góticas, que mientras facilitaban la orientación y la pertenencia, recordaban la autoridad divina (y la del seño feudal).

Pero la autoridad que impone la obra de Salamone es, en todo caso, conflictiva. No son los pesados y previsibles muros de un sabio clasicismo, rutina horizontal cuya composición garantiza la armonía y la eternidad. Ni tampoco la intemperancia del futurista Marinetti, glorificando las alturas punzantes como fusiles dirigidos al cielo para incendiarlo y crear un orden nuevo. Salamone le impone a la chatura pampeana una arquitectura monumentalista y a la vez en ella hay un estado de alerta, algo expresan esas superficies rebajadas, dentelladas recortadas contra el cielo azul; esos quiebres constantes y sistemáticos, como indecisión vital de la línea recta, que arrojan sombras sobre fachadas rabiosamente blancas. O esas formas parlantes y efectistas, semejante a los proyectos revolucionarios de Ledoux de la Francia del Siglo XVIII, como en los cementerios de Saldungaray y Azul.



Salamone, con su obra, introduce en la modernidad a pueblos suspendidos en el tiempo, pero lo hace desde la singularidad del visionario.  Conforma, en cada caso, un conjunto que tanto se desentiende del entorno como de las tradiciones, llevando el concepto de vanguardia hasta su máxima expresión.

Aunque después de la Segunda Guerra Mundial, y muy a su pesar, el racionalismo bebió de las fuentes del déco (en la exposición de 1925 en París, el Pabellón Espirit Nouveau de Le Corbusier constituyó la reacción contra dichos modernismos, planteando una arquitectura despojada de ornamentación, de formas y líneas que no cumplían función alguna), la obra de Salamone apela a una razón que tiene más que ver con la cosmogonía propia que funcional o decorativa. O, incluso, con cualquier metáfora de autoridad. Proyecta y construye como si siguiera un mandato, un diseño invisible, a veces repetido, a veces único.

Su tarea no es sólo la de dar respuesta a las necesidades edilicias de los pueblos, sino que esos pueblos constituyan el universo donde insertar su obra. Intensifica la tensión entre lleno y vacío, extrañando la apacible vida de campo, el horizonte infinito, para desde ese sitio, extrañado y extranjero, construir un determinado contexto de lectura. O, mejor dicho, para redefinir los términos de una relación que nació conflictiva, como lo es la entablada entre el desierto y la ciudad.

En esa nada que se transforma monstruosa, y que fue límite y frontera civilizatoria, se abre ahora un espacio que destierra por un lado la historia fundada en la dicotomía sarmientina; y por el otro, instaura formas que enfrentan a esa otra monstruosidad, la metrópolis, que, a decir de Ezequiel Martínez Estrada (más o menos por la misma época) constituye la fagocitante e hipertrofiada cabeza de Goliat.

No cabe duda que el objetivo de Salamone era la resignificación de la Pampa en su conjunto. Pero a la vez, el universo propio y limítrofe con el que la transformó fue construido con un lenguaje formal que lo alejaba incluso de las vanguardias más eufóricas del momento, o de aquellas utilizadas, ya hasta el hartazgo, como el futurismo, en teoría, y el déco, en la práctica (cines, teatros y casas de suburbios masificaron el estilo durante la década del 30 no tanto como señal de modernidad sino como receta de fácil aplicación). La obra de Salamone no parece participar de dicho entusiasmo: claroscuros, quiebres e incertezas que ondulan el horizonte recuerdan a las construcciones de los films de Fritz Lang en el apogeo desencantado del expresionismo alemán de los años 20.


El diálogo no fue sólo con Buenos Aires: el mundo entero, que se precipitaba hacia otra catástrofe, también participaba del concierto monumental. De allí la extrañeza que su obra, aún hoy, genera.

Del libro "Obsesiones. Notas sobre Arte y Literatura" / Contratiempo Ediciones, 2017
Fotos: Municipalidad de Pringles; Cementerio de Azul (detalle) / Z.L.

sábado, 30 de marzo de 2019

REVOLUCIONES FALLIDAS

Revoluciones fallidas

Es curioso, y hasta perverso, el mensaje de los grandes medios de comunicación a cerca de qué significa “ser” de clase media hoy en esta Argentina donde la tercera parte de su población es pobre. La perversidad no radica tanto en la categorización en sí sino en los parámetros instrumentales, e instrumentalizadores, utilizados para ubicar a un ser humano dentro de un espacio simbólico en el que luego se moverá también de acuerdo a un sistema de representaciones. Habitar un sitio, sentenciado a través de la palabra, ya lo sabemos, produce efectos, pertenencia. Y lo que es peor aún, escaso margen de resistencia. Que en realidad, es el objetivo último. 

Levantamientos populares-burgueses como los ocurridos en la Europa del siglo XIX, el de 1848 que inspiró a Marx, y luego la Comuna del 71, como los más significativos, sirvieron de enseñanza y escarmiento a Occidente para levantar algo más que barricadas e inmensos bulevares como eficaces mecanismos de control y represión de las revueltas. Sobre determinados sectores, los que pagarían siempre el precio de las turbulencias económicas por venir, había que ejercer sutiles estrategias de sometimiento, aún mayores que sobre aquéllos relacionados directamente con el crimen, la vagancia o las conductas anómalas. Sin dudas que estos serían peligrosos, pero bien sabían los poderes fundados en las finanzas y la tecnología que por el mismo mecanismo de normalización y producción en serie que afectaría, principalmente, al sujeto moderno, los mismos serían escasos en proporción y fácilmente ubicables por excepción. 

La clase media, odiada, bastardeada y calificada como mercenaria por las “luminarias” del pensamiento progresista de nuestra época, siempre estaría en una posición inestable, donde la pertenencia sería el primer y último recurso de sobrevivencia en un mundo que de a poco iba arrasando con singularidades y permanencias. 

Sin embargo, hasta hace relativamente poco, en términos históricos, esa clase estaba definida por una cierta actitud con relación, precisamente, al pensamiento, el arte y la cultura. Era aquella que hacía de ese capital simbólico su modo diferencial de ser y de estar en un determinado territorio. Por lo que también, y la historia argentina se cansó de comprobarlo, se constituía en aún más poderosa que los más desposeídos. Que si no eran “concientizados” por sus dirigentes gremiales, por los partidos políticos o por las agrupaciones estudiantiles, tenían escaso tiempo y medios para pensar y reaccionar de forma colectiva. A pesar de las fallidas esperanzas de Marx.


El problema entonces surge cuando a esa clase, que motoriza las revueltas actuales, se le sustrae ese último elemento peligroso que la legitima y la diferencia de las otras: el acceso a una determinada cultura, a una determinada forma de arte, a una determinada forma de leer y comprender los textos que no solo le induce a acumular y poseer para ratificarse sino que le provee de los recursos críticos para sublevarse cuando entrevé el peligro de ese capital que la quiere borrar del mapa a pasos acelerados y reducir así, en dos simple franjas la tan mentada “pirámide social”. 

La tarea no fue abrupta sino paulatina: un arte transformado en pura mercancía que cotiza en el mercado y el desabastecimiento material de los principales centros de producción del saber (tanto secundarios como universitarios) como estrategias de enmascaramiento de una realidad empobrecida. La educación pública se convirtió en eficaz aliada al vaciarse de contenidos revulsivos a través de formas aparentemente contestatarias pero que no dejan de ser deudoras, bajo extorsión, de un centro que no cesa de legislar. 

La clase media ya no es entonces la que toma por asalto escuelas y universidades públicas, y hace de este gesto una señal de prestigio, sino la que posee el último iphone, puede seguir comprando en los shoppings o acceder a una prepaga. Lo que conlleva una serie de falacias perfectamente orquestadas: no solo que poseer esos artefactos no implica pertenecer a una determinada clase sino que al desplazar el tema del acceso a la alta cultura gratuita como condición esencial, se devela que efectivamente esto dejó de ser señal de identidad.

Si las palabras de Vidal al afirmar que los pobres no llegan a la universidad causaron escozor, fue más bien por la fuente que la emitió, no por los efectos que provocan esos accesos. 

Al ser desterrado el pensamiento crítico, al ser dejados de lado planes de estudio que tienen como objetivo a esa realidad que siempre se intentará cambiar, en algo así como en una revolución eterna, da lo mismo qué clase la pueble. No causará más efectos que la protesta de sus docentes por los magros sueldos  (y de paso, en complicidad con todo lo anterior, focalizar la protesta de nuevo en factores materiales). O a lo sumo, la rebelión organizada en marchas, eslóganes, toma de calles y facultades, como para perpetuar una tradición vaciada de contenido. 

Ser estudiante o egresado universitario, integrante de una comunidad de estudios de la esfera pública, ya no dice absolutamente nada: portar una serie de artefactos que caducará en cuestión de horas marca no solo el supuesto estatus sino el reacomodamiento a medida de un sistema de poder que con la clasificación logra perpetuar el control. El peligro por ahora está desactivado. 

domingo, 24 de marzo de 2019

CONSTRUCCIONES DEL FASCISMO

Construcciones del fascismo






El fascismo opera según las condiciones de los territorios donde se enseñorea; no sobreviene de golpe, tampoco suele tener un certificado de defunción definitivo. Cuenta con poderosos aliados, a veces incluso con el pueblo mismo. Durante mis viajes a Europa, sobre todo a esas regiones “sensibles” al mismo, experimenté siempre la curiosidad de lo que denomino la sobrevivencia: cómo se sigue después, cómo discurre la vida de esos pueblos violentados, aniquilados y en los que a veces se detecta cierta duda de hasta qué punto no hubo alguna complicidad solapada. 

Múnich como primer ejemplo: la experiencia en esa ciudad que parió a uno de los movimientos genocidas más grandes de la historia, despierta especial inquietud. La Hofbrähaus, la popular cervecería donde se proclamó  la república soviética de Baviera y donde el nacionalsocialismo dio sus primeros pasos; las construcciones de diseño fascista que aún sobreviven e irrumpen el trazado urbano; el Haus der Kunst, el museo construido especialmente para propaganda del reich y donde se exhibió aquella exposición de “Arte Degenerado”, con obras de los diabólicos Grosz, Kandinsky, Chagall, Munch, Ernst, Dix  y otros peligrosos enemigos del régimen. Fue sin embargo en el Museo de la Ciudad, en esa sala oscura, silenciosa y atiborrada de objetos, donde experimenté lo más cercano al horror por acumulación. Abundante material gráfico: diarios, periódicos, revistas, caricaturas, carteles, proclamas, fotos; símbolos, uniformes, programas de radio y videos de desfiles monumentales con los jerarcas a la cabeza, cual carnaval festivo, que mostraban por exceso aquel proceso de adoctrinamiento, de progresivo entusiasmo colectivo gracias al eficiente dominio de los medios de comunicación. De la asfixia me salvaron, sin embargo, los jóvenes: un grupo de chicos de colegio que seguía el mismo recorrido, no habrán tenido más de 16 años, que miraba y leía, con rostros adustos, algunos estupefactos, esa historia de horror. La de ellos. 

Tampoco puedo olvidar los dibujos de los niños prisioneros de Terezin que pintaron el Holocausto, expuestos en el Museo Judío de Praga. Que a la vez me recordaron a otro viaje, otro país, otra ciudad y otro Museo: el Reina Sofía en Madrid y el salón inmenso, hegemonizado por el Guernica, con sus múltiples versiones y bocetos. Entonces era un grupo de niños de pre escolar, sentado en el suelo, en silencio absoluto. ¿Se imaginan niños de 5 años, quietos y en silencio? Misión imposible. Pero allí estaban, absortos, con la vista fija en la monumental obra. Demostración evidente de que la educación civilizatoria que padecerían en los años siguientes se torna irrelevante cuando un espíritu sensible, como el de cualquier niño, se enfrenta al arte verdadero.

Y por último, y curiosamente en uno de mis últimos viajes hacia esos territorios masacrados (incluyendo a la saqueada y reconstruida Berlín, también con sus museos recordatorios, la irreconocible Alexanderplatz de Döblin, su muralla derribada,  hoy devenida atractivo turístico, y el Monumento al Holocausto, donde bloques de hormigón en forma de tumbas se elevan cada vez más altos e integran el paisaje urbano), la experiencia en el campo de concentración de Buchenwald, cercano a Weimar, donde no hubo salvación alguna. El cielo plomizo, como losa que sentía Erdosain sobre su cabeza, siempre a punto de caérsele encima a fines de la década del 20 en Buenos Aires; los copos que me empañaban la nikon, los 18 grados bajo cero, los alambrados, el bar de los oficiales, el crematorio y las barracas, hoy apenas una señalización en el vasto campo helado, me chupaban hacia un suelo ausente a fuerza de casi medio metro de nieve y me arrastraban hacia ese horror que parecía congelado en calidad de inofensiva memoria. 

Ese cuerpo que luchaba denodadamente por avanzar y no desaparecer, sin embargo, se convertía en metáfora de la duda que me recorría, y corroe, cada vez con más insistencia. ¿Cómo se remonta una historia donde ya no un gobierno, un tirano, sino todo un pueblo estuvo allí, ya sea vivando a los genocidas a plena luz del día; u operando con la complicidad de las sombras el holocausto por venir? ¿Se puede sentar, como diría Camus, a toda la civilización en el banquillo? ¿Cuándo empieza a gestarse la construcción de un fascismo que luego tendrá, para la historia, una tranquilizadora fecha en el calendario, como si un golpe del destino, una fatalidad se hubiera ensañado con un pueblo indefenso? 

No hay un 24 de marzo posible sino nos hacemos, en algún momento, estas preguntas. Habrá, sí, memoria. Pero memoria sin crítica es oquedad irreversible. Y lo que es peor aún, altamente retornable.

Foto: Entrada Buchenwald, campo de concentración cerca de Weimar . Foto: Z.L.

domingo, 17 de marzo de 2019

ENFERMEDADES

Enfermedades


El cuerpo, esa extraña comunión de órganos, vísceras, nervios, mente y alma, me vociferaba desde tiempo atrás lo que hoy me confirmaba la ciencia. “Voy a derivarte a psiquiatría”, escucho remota la voz del médico. Mundo de terapeutas y psicotrópicos, aún a costa de interminables analíticas e imágenes que muestran una mujer (todavía) saludable. Pero que alertan, sin embargo, sobre un monstruo agazapado que ya se territorializa en el cuerpo y va por más. ¿Hasta dónde? “Solicito admisión…”, reza el papel. Miedo a la enfermedad y enfermedad del miedo. La publicidad comparte con la política el mecanismo, la contaminación bacteriológica con el germen del temor inoculado sobre cuerpos sumisos, vulnerabilizados a fuerza de indigestión. Mi enfermedad, qué duda cabe, se refleja en la enfermedad mental de este mundo servido a la carta, que mientras canibaliza el cuerpo enloquece al espíritu.

(Fragmento del libro "Obsesiones. Notas sobre Arte y Literatura" / Introducción al Capítulo dedicado a Artaud)

sábado, 16 de marzo de 2019

PAIDEÍA: EDUCACIÓN PARA LA LIBERTAD

Paideía: educación para la libertad

Enunciar que la educación pública está en un declive irreversible, en tiempos actuales, adquiere la forma de una traición. Hay una mala conciencia que erige su defensa casi como una cruzada religiosa; que entona bellos cantares como estrategia de reclutamiento de fieles, y que convierte en anatema al sacrílego que devela sus tramas y entramados. No es función de la educación pública (ni de ninguna institución educativa o cultural) convertirse en territorio de disputas políticas partidarias. Pero mucho menos aún, en formateador de conciencias y subjetividades que reproducirán los mecanismos de dominio y control para, parapetada en conceptos sagrados e intocables, perpetuar un mismo estado de cosas. 

Lo público provee además un conocimiento que no se imparte precisamente a través de docentes ni planes de estudios sino del encuentro con la diferencia. Contra la normalización selectiva de lo privado; contra la posibilidad de la irrupción de lo inesperado, lo público garantiza la confluencia de heterogeneidades (tal como ocurre en cualquier espacio público urbano, a diferencia de los sectores privatizados). Esto es, por lo menos, lo que debería ser. 

El problema principal no concluye, sin embargo, en una reivindicación salarial docente (y no docente). Este no solo es un pensamiento burocrático sino altamente reaccionario: suponer que la educación pública se va a “solucionar” por el bienestar económico de una parte de su comunidad es lo mismo que pensar que para erradicar el hambre basta con alimentar bien a los padres. Pensar la escuela pública fuera del contexto de la sociedad y de la ciudad, es una contradicción de sus principios fundamentales. No hay institución educativa que funcione si ese "afuera" no entabla con ella una relación fluida y a la vez, conflictiva: una interroga al otro, lo pone en escena. O en entredicho. Es decir, si no se consideran una unidad cuya suerte estará echada siempre en forma conjunta. 


Habría que replantearse la institución educativa desde sus mismas tipologías arquitectónicas: escuela/facultad/claustro resultan obsoletos en los tiempos que corren. Habría que empezar a derrumbar esos pesados edificios donde se inserta cronométricamente la lección del día, en el aula y en las mentes de niños y jóvenes, repitiéndola año tras año con escasas variantes; donde se negocian cargos, se disputan puestos, se patrocinan mutuamente, se transforma al educando en cliente, se garantizan sueldos de por vida y donde tanto el docente como el alumno terminan convirtiéndose en empleados de una burocracia que reemplazará la intensidad y la creatividad por la supervivencia garantizada. 

La esclavitud moderna ya no se forja con cadenas sino con estas formas normalizadas, transversales, repetitivas y reaccionarias que van moldeando voluntades y reasegurándose su propia reproducción. La educación, para que cumpla su cometido, debe constituir un espacio creativo y crítico, de reflexión constante; de producción de conocimientos que aspiren, precisamente, a las posibilidades integrales del ser humano. La educación tendría que dejar de ser una fábrica de esclavos y aspirar, de una vez por todas, a la formación de hombres y mujeres libres. 

jueves, 28 de febrero de 2019

A MANERA DE PRÓLOGO DEL NUEVO LIBRO (EN CORRECCIÓN)

Adelanto del próximo libro

Muchas veces hemos pensado que frente a tanto sufrimiento, tanta indigencia y desolación, aniquilación inexorable que provoca el capitalismo en vastas regiones del planeta, la respuesta de las poblaciones suele ser desnutrida. O por resignación como forma de destino que acarrea complacencia con el verdugo; o por una mala tirada de dados que mientras decide abundancia en la cara de arriba, deja en la intemperie a la de abajo. La repetición del ciclo abundancia-descalabro, siempre a la par de despojos irrecuperables, que suele azotar a regiones como la nuestra, ratifica esta espera y esta aceptación. Pero el tiempo del hombre es el presente. El pasado se convirtió en mito, en ficción inestable apropiada por quien temporalmente posee la voz para narrarla;  y del futuro no se tienen demasiadas noticias confiables: abundan los quirománticos y pronosticadores, muchas veces con acreditaciones colgadas del cuello y delegados de un saber anticipatorio, clausurado para las mayorías. Entonces, con ese hoy devastado, o monopolizado por una feliz aniquilación, la respuesta al interrogante inicial habría que buscarla en otros sitios. Si a mediados del siglo XIX, el burgués acumulaba para el futuro, y suspendía ese instante que amaba Baudelaire por ser el único que poseía la intensidad vital contra el cálculo, la especulación y la espera, el panorama actual está lejos de aquellas expectativas y lejos también de intensidades vitales y creativas. Incertidumbre es la palabra que cruza el horizonte, se instala y formatea vidas y conciencias, crea atmósferas de tránsito y sume al hombre moderno en un estado de deudor eterno con un presente que se le presenta a veces como obsequio, a veces como fatalidad. Pero jamás como espacio posible de libertad.
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lunes, 28 de enero de 2019

TANDILENSES (3) / CAMUS EN TANDIL

Camus en Tandil

Siempre que visito estos maravillosos pueblos del "interior" (después revisaremos estas categorías), recuerdo las palabras de Camus en el libro "Bodas":
"Con frecuencia he oído a los oraneses quejarse de su ciudad: "No hay ambiente interesante". ¡Ah, diablos, no lo querrían! Algunas buenas personas han intentado aclimatar en ese desierto las costumbres de otro mundo, fieles al principio de que no se puede servir al arte o las ideas sin ser varios. El resultado es tal que los únicos ambientes simpáticos siguen siendo los de los jugadores de póker, aficionados al box, jugadores de bochas y sociedades regionales. Allí, por lo menos, reina la naturalidad. Existe cierta grandeza a la que no le sienta la elevación. Es infecunda por esencia. Y los que desean encontrarla, dejan los "ambientes" para bajar a la calle..."
Grandeza a la que no le sienta la elevación: algo de esto me repiquetea cuando la empleada de una librería, de varios pisos, con cafetería, patios, toldos, es decir, moderna, se quejaba de que en Tandil a nadie le interesa la cultura. Ni aunque fuera gratis. También recuerdo a Camus en el letargo siestero que se extiende hasta las 5 de la tarde. En el bullicio juvenil y hedonista que dura apenas dos horas, y en donde se despliegan las estrategias de seducción ahora tecnologizadas, para después volver a la quietud alrededor de las 9 o 10 de la noche. En los bodegones donde la gaseosa todavía se sirve en botelllas de dos litros, los platos son interminables y el precio, irrisorio. O en los negocios donde la moda de las grandes metrópolis se cuela en percheros y uniforma las calles. Me fui de Tandil con un precario convencimiento: hay que empezar a reformular el lenguaje. Con urgencia.














Fotos: Z.L. Enero 2019


martes, 22 de enero de 2019

TANDILENSES (2) / EMBOSCADA

Emboscada en Tandil
(Versión autóctona y jungeriana de Hechizada)

Hay muchos porteños que vinieron a radicarse aquí en estos últimos tiempos, me dice Estela, la amabilísima encargada de la oficina de Turismo. Habrá lista de espera?, pienso. Pero no: me conozco, me enamoro de los lugares y me desenamoro después con igual rapidez. No querría estar odiando a Tandil de aquí a 6 meses, solo porque al "modo Stendhal" quedé atrapada en la realidad. El dia precioso, se anuncia sn embargo tormenta eléctrica a la tarde: que se cumple con admirable precisión. Piedras, bosques, cerros y colinas. Un absurdo cartel que dice: "Peligro: propiedad privada" en medio de pinares y vegetación variada; una declaración amorosa a una tal Pame escrita en la piedra; un nicho tallado en ella para albergar una pequeña estatua de la Virgen con el niño. Y Tandil que encanta, embosca, seduce a fuerza de eucaliptos olorosos y cielos interminables. Que privilegio vivir en un valle!; hace 34° y viento mediante casi no se siente.















Fotos: Z.L Enero 2019

TANDILENSES (1) / PIEDRAS QUE LATEN

Piedras que laten

Que Tandil es una belleza, resulta una obviedad. Que su estructura urbana central esté fundada en la estética, ya no tanto. Y esto va más allá, mucho más allá, que el cuidado puesto en el mobiliario público o en los edificios neoclásicos perfectamente conservados. Remates, perspectivas, espacios trabajados y una estudiada comunión con el entorno hablan de una voluntad formal infrecuente en estos privilegiados pueblos de la Provincia de Buenos Aires. La primera impresión (la expresión es literal, es la primera vez que vengo y tengo apenas 24 horas) es que el entramado de serranías que la rodea no solo la condiciona sino que, en algún punto, la desafía a un orden reticular y a una belleza "civilizatoria" que recuerdan también su propia historia. De fronteras, malones, revueltas, negociaciones y genocidios. Belleza trágica, entonces. La de hace dos siglos pero también, de la historia reciente.



























Fotos: Z.L. Enero 2019

lunes, 24 de diciembre de 2018

DICIEMBRE / NUEVA (Y ETERNA) ROMA

Nueva (y eterna) Roma

Hace exactamente 21 años, en un extenso viaje que hice con mi familia por Europa, tuvimos la oportunidad de estar en Roma en diciembre. Un sacerdote amigo, que oficiaba de guía circunstancial en la bellísima ciudad eterna, nos contó que él se marcharía en apenas unas horas a España para pasar las fiestas con sus hermanos. Como al descuido, más por cortesía que por interés, le dije que entonces se perdería la tradicional misa del Vaticano. ¿Tienes interés en ir?, me preguntó. ¡Claro, por qué no! Sería toda una experiencia, le dije, dando por sentado que por supuesto no lo haría (a la Basílica solo se podía acceder con invitación; y en la Plaza habría un gentío). Entonces les envío las invitaciones al hotel, hoy a la noche, agregó. Así fue como, sorteando la guardia suiza, puntillosa pero a la vez bastante jocosa, entramos a la basílica, reservada esa noche para un público selecto que había sacado del armario sus mejores prendas y esperaba ansioso. Media hora después, Juan Pablo II atravesaba la nave central seguido de un interminable cortejo; se detenía a saludar a los fieles que habían dejado sus puestos y se agolpaban en los laterales de cada fila; y oficiaba la misa de Nochebuena. Afuera, la multitud seguía atentamente la celebración que se reproducía por altoparlantes y pantallas. Lo que más me impactó de aquel momento, al margen de lo raro de la situación, fue el coro: llenaba no solo el templo sino que se lo podía escuchar a varias cuadras a la redonda, dando a la helada noche romana una atmósfera casi fantasmagórica. En ese momento, la belleza de San Pedro cedía protagonismo a una experiencia que atravesaba todos los sentidos, no solo el auditivo. Pero por otro lado, sin aquella, ese mismo efecto hubiera sido imposible. Incluso, si se intentara observar como una representación teatral, con una arquitectura privilegiada, cercana a la genialidad, y con los mejores recursos, también estaría faltando lo esencial: la puesta en escena de la fe, aunque el observador fuera ateo. Tal vez, y como pocas veces, la estética se enseñoreaba sobre los presentes, sobre la multitud que rugía afuera abrazada por el monumental pórtico de Bernini, sobre la ciudad entera, pero también sobre la misma historia. En algún punto, y por algunos instantes, lograba que ambas se fundieran en un solo cuerpo. Que aunque después sería sacrificado, dejaba abierta la puerta para resurrecciones eternas y ciclos que se repetirían hasta el infinito. No tengo duda alguna de que Bramante, Miguel Angel y Bernini lo supieron: estaban construyendo no una basílica sino un poder que los necesitaba con urgencia, que decaía y que en cada agonía resurgía a fuerza de sugestión, de representación y sobre todo, de un arte que ingresaba allí donde la lógica, las palabras y la razón habían perdido la partida. ¿No es acaso esa, también, la historia de occidente? Es más, ¿no es acaso esta nuestra historia actual? 

sábado, 15 de diciembre de 2018

EL HABLA COMÚN

El habla común
















Siempre me resultaron más atractivas las ideas que las peripecias del lenguaje. Se puede decir cualquier cosa, con los recursos infinitos del mismo, y sin embargo, siempre quedará flotando la sensación desolada  de lo acabado si no hay algo, que precisamente no se puede nombrar, entretejido a ese discurso (economía comunicacional: Kafka). Lo ausente que lo motoriza y que, además, hará entrar en vecindad lo uno con lo otro. Sin embargo, nada se puede pensar si a la vez no fueran naciendo esas palabras, como un parto simultáneo e insustituible. El lenguaje “cotidiano”, en este contexto, parecería el hermano pobre de dos situaciones: un estilo propio, adquirido a fuerza de derrumbes; y el garantizado, y deglutido previamente, por alguna corporación que posibilitará su circulación en determinados ámbitos. La lengua común resultaría el mensajero que transmite las noticias triviales a un pueblo que lo necesita, pero que no siente pasión alguna por él. Común sin embargo es lo que precisamente nos hace entrar en vecindad con lo otro, con el otro. Es la lengua de la comunidad, que se fortalece a través de ella y que también declina con ella. Se la acusa de utilitaria pero tal vez la extrema trivialidad nos remita a orígenes impensados si hubiera una escucha atenta. Y no estoy hablando sólo de un problema de la  lingüística, de indagar en la raíz de las palabras. Más bien en su sintaxis. Hay modos estereotipados que otorgan pertenencia, posesión de un saber adquirido a fuerza de permanencia en un determinado territorio. Saber que discurre como la correntada del río, siempre igual y siempre distinto, que va erosionando las rocas que encuentra a su paso. Modos que estructuran espacios de acción y generan efectos sobre ellos. Hablar, en la vida cotidiana, es al fin y al cabo una certificación aún más determinante que cualquier documento de identidad. Al viajar se experimenta esta proposición con toda intensidad. Ningún paisaje, ningún elemento arquitectónico, ninguna ciudad, por monumental que fuera, se puede terminar de percibir si atrás, o al costado, o como un eco lejano, no se escucharan las voces “triviales” de sus moradores. Aunque se desconozca el idioma. 
(La foto elegida es la de una plaza en el centro de Viena, entre los monumentales edificios del Ayuntamiento y del Teatro Imperial, con reunión de vecinos, atmósfera entre posada de pueblo y kermesse de barrio) 

miércoles, 5 de diciembre de 2018

MY BRILLIANT FRIEND / LOS MISERABLES

Los miserables


¿En qué momento empezamos a volvernos miserables? Pregunta que me desvela desde hace bastante tiempo. Como no creo en la excusa del patriarcado, tengo que buscar por otros sitios. Oscuros, sin dudas. En la muy interesante (hasta ahora) miniserie italiana “My brilliant friend”, hay una situación que me retrotrae a mis primeros acercamientos a la educación. Ocurre en Génova, en un pueblo pobre. Lila es hija de un zapatero, apenas en la escala socioeconómica un poco por debajo de Elena, las grandes amigas. Lila no puede seguir el bachillerato: tiene que ayudar en el negocio del padre. El hermano, que odia el estudio, se ofrece a trabajar más para que la chica, que es brillante, pueda seguir. Los padres (estereotipos del "italiano bruto") los convencen a golpes de que ambos deben ganar dinero; a la chica incluso la tiran por la ventana y le rompen un brazo. Elena, por su parte, es solo buena alumna. También quiere seguir el bachillerato. El padre, procurador, está de acuerdo, a pesar del sacrificio económico. Ve potencial en la niña. Sorpresa: es la madre la que se opone. Tiene que trabajar, ¿para qué estudiar? ¿Ficción? No estoy nada segura. Furia. Como dice la misma Elena (ya de adulta), la rabia de la mujer crece, avanza y no se va con el tiempo. El hombre explota y se olvida. ¿Machismo? No estoy segura. Más bien creo que ambos “géneros” absorbieron el mandato y ocuparon, cada uno, el rol que más convenía para el funcionamiento eficiente del "negocio familiar". El que garantizaba que el sistema se reprodujera sin fisuras. Como sería, por ejemplo, que una niña pobre y brillante se inclinara por la lectura de autores inmortales antes que remendar zapatos. La incultura de los padres no es atenuante: es sí, el paraguas protector contra futuros reclamos. De los hijos infelices que siguieron el mandato y de aquellos que aún rompiéndolo detrás de sueños poco redituables, fueron vistos como traidores a la "causa".

lunes, 19 de noviembre de 2018

RAPSODIA BOHEMIA / EL REINADO INTACTO

El reinado intacto


Sala llena en el Village, hasta la primera fila, casi sobre la pantalla. Estadio de Wembley, festival por el “hambre en África”, 1985, la Reina está a punto de salir, la multitud brama, solo se lo ve de espaldas, la musculosa blanca, los jeans tiro alto, la pulsera con tachas, la música que empieza a sonar y la escena que se interrumpe justo cuando le abren la puerta a Mercury para que ingrese al escenario. Entramos en shock: solo esa secuencia y, por supuesto, la majestuosa (jamás mejor empleado el término) escena final (que es el final de la primera) justifican la película. En el medio, la vida de Freddie Mercury muy pero muy a lo Hollywood. Que esto no sería gran problema: una ya va preparada para ver un tributo, no un documental ni un film Clase B (aunque algunos tópicos, como la extrema soledad del cantante, podrían haber sido explorados en formas menos complacientes). El problema principal es que el actor que hace de Freddie Mercury no es Freddie Mercury. Y esto no vislumbra solución posible. No hay forma alguna, el actor no lo consigue, de olvidarnos del original. Como esas películas sobre la vida del Che Guevara interpretadas por alguien que, obviamente, no es el Che. Lo mejor, sin embargo, de este entretanto, esta espera entre el principio y el final, son los músicos que lo acompañan (actuaciones extraordinarias), la génesis de algunos temas y por supuesto, los temas. Entonces llega el momento esperado: cuerpos que se estremecen por esa potencia vital que se desplaza desde la ficción hacia la realidad de la sala, que se traslada como presencia, insurrecta y desequilibrante: Mercury hace lo que quiere con un estadio a reventar, con esos mil quinientos millones que lo siguen por TV. Y claro, con los que estamos en el Village. No importa que mezcle ópera, con rock, con pop; tragedia griega con Shakespeare; que desmantele convenciones y tradiciones musicales; que se enfrente a los estereotipos de las corporaciones discográficas; que se disfrace de mujer, que reconfigure el escenario con el uso del cuerpo y sus desplazamientos (metáfora además de los propios desplazamientos de su vida íntima, cuando ser gay todavía era un problema y el sida, una condena a muerte): Freddie Mercury antes que músico pop es un artista, de esos que surgen muy de vez en cuando y que cuando lo hacen, sacuden al mundo entero. El reinado sigue, sin dudas, intacto.