lunes, 7 de mayo de 2018

CINE / BASADA EN HECHOS REALES

Basada en hechos reales

Después de ver “Basada en hechos reales”, de Polanski, no pude evitar pensar en el agotamiento. Figura peligrosa de por sí, sombra que acecha a todo creador. ¿Habrá una próxima obra verdaderamente relevante o ya me quedé sin palabras? ¿A quién que escribe, piensa, produce no le pasó alguna vez? El problema es cuando el desafío no se visualiza como tal. O porque ya no se lo puede afrontar. O porque se llegó a la conclusión de que la época no merece el esfuerzo. Entonces, el gesto repetido, el piloto automático, la ratificación del nombre propio a costa de la propia obra. Lo trillado y hasta lo oportuno (dos mujeres, dos escritoras, erotismo medio lésbico, dobles, etc., etc.). El film es tan predecible, con clisés repetidos hasta el hartazgo, que a ratos parece paródico. Inocuo. La inquietud personal, sin embargo, es bien real y desequilibrante: el papel en blanco, las ideas fugitivas y brumosas que no se aquietan, la tentación del atajo, y la incertidumbre de si, a nosotros también, ya nos habrá llegado la hora. 

martes, 24 de abril de 2018

CRÓNICAS MADRILEÑAS(5) / ITINERARIOS PARA UNA CONTRALECTURA

Itinerarios para una contralectura


Plano de Madrid en mano (el del Metro, indispensable), círculos en rojo y las marcas de los recorridos posibles. De un extremo a otro de la ciudad, en los barrios menos pensados, a contramano algunas, escondidas otras, en lugares centrales las menos. Seguirles el rastro a las librerías “de lance”, o comúnmente denominadas de ocasión, segunda mano, de ediciones descatalogadas, libros antiguos y raros, es un trabajo arduo. Es un circuito alternativo que si bien suele aparecer en los medios de comunicación, se lo aborda desde la curiosidad un poco trivial: o se hace hincapié en los precios bajos, y las increíbles ofertas, o en el bibliófilo –para la imaginación popular, ese ser medio oscuro, que merodea bibliotecas y cuanto anticuario encuentra a su paso- que va en busca de rarezas. Estas librerías, sin embargo, conforman un espacio que suspende tanto las urgencias mercantiles de las grandes casas editoriales como los cánones de la academia e instauran sus propios tiempos de lectura. Alejadas del vértigo de la gran metrópolis, cada una ofrece al lector avisado la posibilidad de construirse su propia bibliografía, ajena a ambas. Y en esto, cada una es, literalmente, un mundo aparte. Son mucho más que “librerías de viejo”; tienen, claro, el privilegio de la ubicación central y de la conexión y circulación con otros centros de Europa. Tienen, sin embargo, también que transigir para sobrevivir. Quiero retirarme de esto, me decía hoy un librero. Quiero quedarme en mi casa donde tengo más de mil libros y leerlos. Nunca quise ser comerciante. Al principio esto iba a ser solo de libros raros, que me interesaran. Pero me venían a ofrecer colecciones completas de, por ejemplo, ferrocarriles. ¡A mí qué me importan los ferrocarriles!, pero sabía que se venderían muy bien. Y así fue. Entonces, hay que ofrecer lo que te gusta y lo que no, remata resignado. Y esto se nota en todas. Pero existe sin embargo una gran diferencia con las grandes corporaciones de la palabra escrita: desentendidos del tiempo y de las modas, en estos antros librescos existe la posibilidad de reinstalar en el presente aquellas voces que quedaron sepultadas precisamente por ese nefasto mecanismo que relaciona taquilla y escritura. O que no aplicaron frente a los jerarcas titulados de turno por carecer de las conexiones necesarias para conformar el corpus, o el cánon, o cualquiera de las denominaciones que utiliza la academia para decidir quién sí y quién no entrará a sus aulas (y lo que aún es peor, a las mentes de sus discípulos). O que, simplemente, no encontraron en su presente las posibilidades de circulación y difusión. Y quedaron allí, a la espera del lector interesado.







 


sábado, 21 de abril de 2018

MADRID (3) / ¿PODEMOS?

¿Podemos?

Irene es la encantadora dueña de una de esas librerías marginales que abundan en Madrid. Las de “segunda mano”, que tanto pueden atiborrarse de chatarra como atesorar hallazgos. La chica es politóloga, está haciendo su doctorado en la Complutense, estudia las migraciones y los mecanismos de poder y control en las ciudades, que van más allá de muros y rejas (allí surgió la empatía y una larga charla) y fue alumna de todos los referentes de Podemos. También, está bastante desilusionada. “No se puede saltar de la academia a la gestión política, sin formación previa”, me dice. Y me cuenta algunos entretelones de esa agrupación que prometía y que ahora está sumida en luchas internas. No entiende cómo las clases más desposeídas de España se vuelcan por la derecha y ambas nos largamos a reír cuando tocamos el tema de la oratoria de los respectivos mandatarios. Y dice algo sorprendente: que hay mucha bibliografía argentina en sus planes de estudio. Le digo que la UBA no es lo que parece, que abundan los negociados y los cotos de caza, al margen del declive del nivel educativo; ella me retruca lo mismo de la Universidad española. Le sorprende, sin embargo, estos focos de resistencia que se erigen en condiciones tan adversas, ella con la librería (son varios locales, que realizan una gestión mucho más amplia que la mera venta de libros) y nosotros con la revista, la editorial y el centro de estudios, sin ayuda alguna y sobre todo, totalmente independientes. Afirma que el pensamiento provoca melancolía e impotencia. Hay sólidos mecanismos de estupidización global y lo peor es que tiraron las llaves y nos dejaron adentro, remata. Afuera, arde Madrid: son las horas previas a un partido de fútbol entre dos equipos no locales. Por lo que cada zona de la ciudad está tomada por sus hinchas bajo la tutela de carros policiales y la mirada de turistas y madrileños que escuchan los cantos de unos y otros. ¿Pero por qué no jugaron en Barcelona o en Sevilla?, le pregunto a un vendedor de diarios. Porque es la final de la Copa del Rey, me contesta casi con enojo. No hay camas disponibles en Madrid, me avisa la dueña del hostal: hoy el partido, mañana el maratón Popular. Este dejará paralizada a la ciudad. Me quedo con la imagen de esas llaves tiradas por algún lado.






jueves, 19 de abril de 2018

MADRID (2) / LOS LIBROS DE ABRIL

Los libros de abril
Mes del libro en España. Y se siente: mesas interminables en la Gran Vía con ofertas impensadas, en plazas y plazoletas, en los descuentos en las librerías. Aunque todavía algo retrasadas: la gente prefiere los puestos callejeros. Y después, las cuevas, esos lugares encantadores de libros usados que aquí abundan y donde una puede encontrar joyas a precios absurdos. Así está Madrid, entrando en una primavera azul, cálida al mediodía, atestada de turistas a la búsqueda de olores y sabores. Y desbordada de libros como una gigante biblioteca urbana. Suena algo así como el paraíso de Borges.










miércoles, 18 de abril de 2018

MADRID DORADA Y MODERNA

Madrid dorada y moderna

¿Del Toboso o sin Toboso?, me pregunta con jocosa seriedad el hombre de migraciones del aeropuerto de Barajas cuando escucha el nombre del hostal. Amable, intuí apenas una señal de cordialidad, como para restarle ese carácter censor que pesa sobre el que debe decidir el ingreso a un país que, encima, está visualizado como candado de Europa. Esperó, sin embargo, mi respuesta. Cuando ya estaba retirando las valijas empecé a dudar de la inocencia de aquel interrogatorio. ¿No sería algo sospechoso que me alojara nada menos que en el archiliterario Barrio de la Letras de Madrid y desconociera a la inmortal amada de su principal habitante? Algo así como “no entiendo la pregunta” me hubiera, por lo menos, ubicado en alguna mira nada deseable. Entonces sí, estoy en el glorioso Siglo de Oro español donde, curiosamente, casi no se escucha dicho idioma. Cosmopolita, con estrechas callecitas peatonales, arboladas y abalconadas (solo pueden entrar los autos de los residentes del barrio), atiborrado de bares, hostales, antigüedades y, claro, las casas inmortales, el barrio conforma una atmósfera cerrada en pleno centro de la ciudad. Un micro clima que casi le confiere estatus de pueblo pequeño y desentendido del vértigo moderno que transmiten la Gran Vía y la Puerta del Sol, a apenas unos metros de distancia. Una estrategia de lo más redituable de parte de gerenciadores urbanos que encuentran en la revitalización del culto a aquellos autores clásicos una marca y una identidad que facturan al resto del mundo. Allí vivieron y allí murieron, allí también se odiaron y recelaron unos de otros. Pero sobre todo, allí crearon. Ósmosis, reverencia, cholulismo. O en todo caso, un respiro a la prosperidad exultante de una ciudad ampulosa que, definitivamente, ingresó a Europa. Respiro tan imaginario como la amada de aquel que, confundiendo realidad con ficción, fundó la novelística moderna. En otra entrada hablaré del oficio de lectora errante, al que estoy abocada, por librerías en esta preciosa primavera madrileña.





jueves, 5 de abril de 2018

CINE:DE VUELTA A CASA / CENTRO, PERIFERIA Y MODERNIDAD

CINE / DE VUELTA A CASA
Centro, periferia y modernidad


Varios autores sostienen que las vanguardias estéticas de Europa de fines del Siglo XIX  fueron un "arte de periferias". Ese Art Nouveau (que en cada lugar adquirió nombre propio y características definidas) constituyó una forma de rebelión surgida en aquellas ciudades que orbitaban alrededor de centros rectores apegados a tradiciones y jeraquías. Así Bruselas, Glasgow, Barcelona, Viena, Chicago, Praga entrevieron que el avance tecnológico, motor de esa arrolladora modernidad industrial, podía ser también cuestión estética. Que las pesadas formas, heredadas del pasado, tenían los días contados. Ciudades que por otra parte se industrializaron a mayor velocidad que sus cabeceras (aquí Rosario en relación a Buenos Aires). La periferia entonces como lugar de apertura a lo nuevo (y sitio de fundación del primer Borges, en sus diversas acepciones: orilla, ocaso, suburbio), pero también, como escucha de una época. O mejor dicho, de los problemas de una época: la masificación, el crecimiento incontrolable de las ciudades, el tiempo mecanizado, la construcción seriada y normalizada, la industrialización sobre la producción artesanal, los nuevos temas, las nuevas percepciones. Hoy, como si las grandes ciudades mundiales estuvieran saturadas de novedad inocua y mercantilizada, se observa el papel protagónico de núcleos urbanos hasta hace muy poco tiempo sinónimos de devalúo, tanto material como existencial. Así Brooklyn en relación a Manhattan, por ejemplo. O la misma isla, pero abordada desde sus zonas marginales. De algo de esto trata el film rumano De vuelta a casa, la ópera prima de Andrei Cohn. Bucarest (y sus extensiones Londres, París, Nueva York) versus el pueblo chico, mediocre, donde sus habitantes se auto desestiman frente a las luces de las grandes metrópolis. Robert, poeta, periodista, y supuesto conquistador de éstas, vuelve a su casa por un día, a la casa de su padre, al reencuentro con viejos amigos de la adolescencia. A partir de allí, el enfrentamiento entre ambas geografías. No es casual este retorno, no solo del personaje sino de las filmografías, ya fueran de países periféricos, como Rumania; o de centrales, pero mirados desde dicha ubicación (ya lo vimos en la excelente serie noruega Vida dura desde los márgenes de la inmigración polaca; o en Proyecto Florida, solo por citar las más recientes). Este retorno a una instancia pre posmoderna desde donde replantearse la relación del hombre, precisamente, con su entorno, con esas ciudades antropofágicas que no detendrán el mecanismo hasta lograr su objetivo final: seres automatizados, no pensantes y felices de ir rumbo al matadero.  

sábado, 31 de marzo de 2018

PROYECTO FLORIDA / GEOGRAFÍAS DEL DESENCANTO

CINE / PROYECTO FLORIDA
Geografías del desencanto

Se sabe: cuando en los filmes hay niños, los mayores tiemblan. En este caso, por partida doble: no solo que la extraordinaria Brooklynn K. Prince (la endemoniada Moonee) se roba, literalmente, la nueva película de Sean Baker, sino que la vida adulta (ya en la ficción) se ve jaqueada continuamente por el ejercicio a pleno de una infancia sin frenos. Los niños, comandados por Moonee, estrujan ese tiempo-espacio hacia afuera de los bordes permitidos por un sistema que los olvidó hace rato, y se constituyen en un particular elemento de transición entre dos realidades enfrentadas: el "mágico" mundo de Disney, con sus castillos y parques encantados, y la vida miserable de los desclasados del gran sueño americano que pululan en monoblocks coloridos, proyectos truncos devenidos marginales, e implacables a la hora del cobro de la renta semanal. Entre ambos, en ese espacio del medio, que se resuelve con baldíos, yuyos, edificios abandonados, negocios plastificados, arquitectura parlante y chatarra, y lagunas con caimanes, Mooney impone sus reglas. Ecos de Boyhood y por supuesto, y en mayor medida, de Petit freres, se escuchan en Proyecto Florida. Una geografía de la desesperación que va de la experiencia lúdica y salvaje de la niñez al choque con la realidad y a la improbable salvación por la ficción. Hay cierto cine (y también televisión) independiente que recibió la noticia, los viejos relatos tambalean, la producción de epica y magia, formateada y en serie, sirve solo ya para iluminar una realidad ineludible: EEUU está en problemas. Sus márgenes se están desplazando peligrosamente hacia el centro. Y exigen su propia estética.

miércoles, 21 de marzo de 2018

LIBROS, VIAJES Y TV

LIBROS, VIAJES y TV
Viajar o encerrarme a terminar un libro. Dilema eterno. En este próximo viaje no habrá crónicas ni producciones fotográficas. Voy detrás de libros. Que no he escrito. Pero los que están en construcción, presionan. Como amantes desesperados o hijos malcriados. Padecí ambas situaciones. Preciosas y a la vez un poco angustiantes. ¿La tercera posición? Incluirme en una ficción y vivir allí. ¿Quién no soñó con ser parte de alguna novela inmortal, olvidarse del mundo real y desear que esta no terminara jamás? Supongo que nadie. Mis pretensiones son, por ahora, menores: mi adicción a las series goza de excelente salud (en este momento, no puedo leer nada que no fueran mis propios escritos).


Foto: Crashing

EN PRIMERA PERSONA (8) / CÓMO ME LIBRÉ DE UN VIOLENTO

Como me libré de un violento

Supongan que estiran la mano hacia un objeto y lo atraviesan sin problemas. ¿Se estarán volviendo locos?  Pero no, porque el objeto sigue allí. Y lo que es peor aún, va adoptando (o mejor dicho, copiando) sus maneras, sus percepciones, hasta sus propias expresiones y opiniones. Ese objeto a la vez, como en un relato de Kafka, tiene una particularidad: parece un ser humano. Entonces insisto, extiendo la mano, y de nuevo lo atravieso: allí no hay nada. La no substancia. Es como un eco o espejismo sujeto a mi voluntad. ¿Sujeto a mi voluntad? Eso es lo que el objeto me quiere hacer creer: no contradice, repite, me observa para aprender como reaccionar frente a una desgracia o a una alegría, se anticipa a deseos. Me imita como un mono. Ese objeto-hombre está allí, día y noche, vigilante, observador, eufórico: ha encontrado una presa. El tiempo, y solo el tiempo, lo va develando: la imitación y la simulación, entonces, funcionan exclusivamente como estrategias de desmantelamiento. De hacer sentir a su objetivo, al que verá como un objeto también, como en casa para luego, socavarlo.

La pregunta era, prosiguiendo con la entrega anterior, cómo sacar a un golpeador, hombre objeto, mono y sin substancia, encima, mediocre, pero con amplio poder destructivo, de mi casa. Ya no de mi vida, de la que lo había expulsado hacía rato. El problema consistía en que, lejos de complementarlo, yo poseía ambas mitades: la que podía ver y distinguir la diferencia, y la otra. Tenía amplia formación al respecto, nada menos que mis primeros 18 años de vida. La primera lo habría expulsado de inmediato; la otra, lo había retenido. ¿Para qué?  Lo confieso: para desmantelarlo, para de alguna forma, sacarlo de circulación. 

Pero aguarden antes de juzgar. No fue mi intención inicial. Fue una dinámica que llevó tiempo y sobre todo, corroboración. Piensen que los seres violentos y golpeadores no se detectan enseguida. Entonces, expulsarlo de mi casa, de mi hábitat, implicaba el triunfo de una parte sobre la otra. Como el espécimen ya estaba apegado a mí, aunque no me soportara ni había ya posibilidad de intimidad alguna (los continuos enfrentamientos le hicieron comprender que se había topado con alguien, de alguna forma, parecido), empecé con el proceso de desgaste. A echarlo periódicamente de ese espacio vital que quería recuperar en forma permanente. Él retornaba, pero cada vez más agotado, con la máscara siempre infalible de víctima. Eso me dio tiempo y oxígeno. Cuando encontré el momento –siempre existe ese momento-, le asesté el golpe final, aquello imposible de asimilar para un ser de naturaleza grandilocuente, autoendiosado, con baja autoestima y nula capacidad de empatía: “salgo un rato, me voy a acostar con fulano”. Estupefacción inenarrable. Ya sabía, policías mediante, que la violencia física estaba descartada. Ya no era el portero, el electricista, el profesor del seminario de turno o el compañero de trabajo, ni un anónimo o remoto “me acuesto con quién se me da la gana”. No, era un hombre concreto, desconocido. Un hombre que podía venir a pedir explicaciones. Un hombre sexual, no una mujer o un familiar. Es decir, tuve que recurrir al mismo machismo que, a la larga, amenazaba con matarme: en dos días juntó sus cosas (y varias de las mías) y se fue, aterrado, como quien ve un espectro. O un par. No tardó, sin embargo, en volver a sus juegos, el desmantelamiento económico y los fallidos intentos judiciales: yo debía pagar la osadía de dejarlo. 

Este relato no es una receta para mujeres que atraviesan situaciones parecidas. En primer lugar, porque estas no existen; en segundo, porque se necesita de algo que muchas mujeres carecen: un temperamento especial, adiestrado en lidiar con criminales en potencia. Porque eso es un violento y un golpeador. No se trata de un asunto de valentía. Temperamento y crianza, me educó un psicópata. No pude, en ese momento, defenderme de él. Pero me dio las armas para el futuro. Jamás pensé que las tendría que usar. Ni siquiera que las tenía. Recién cuando me topé con un ejemplar parecido, fue brotando esa capacidad desconocida. Después del tercer o cuarto golpe, de los mechones de pelo arrancados, de los moretones, de las humillaciones, del cuerpo lanzado al vacío contra banquetas y camas, de las sofocantes escenas de celos, de las extorsiones materiales y espirituales, de las amenazas de muerte o de ácido en el rostro; recién cuando comprendí que la historia empezaba a repetirse, salió aquel armamento. Esa monstruosidad incurable que anida como serpiente enroscada en los pliegues de una supuesta normalidad. Pero esta vez, el veneno fue utilizado con fines terapéuticos. 

(La foto corresponde al episodio final de la serie Big littles lies)

domingo, 18 de marzo de 2018

CINE / EL HILO FANTASMA

EL HILO FANTASMA
Pliegues

Que Daniel Day Lewis es un actor fuera de lo común es una obviedad que en este caso conviene recordar: El hilo fantasma gira en torno a él, al personaje y al actor. Una fuerza centrípeta que succiona a los otros y al resto de los recursos fílmicos, escenografía, fotografía, situaciones argumentales. Incluso, a los mínimos detalles. Porque al fin y al cabo, la película es eso, detalles, costuras, roturas, tramas secretas, fragmentos que deben conformar una obra excepcional en cuyos pliegues se alian viejos enemigos irrconciliables: la obsesión perfeccionista, con el método y la disciplina como armas fundamentales, además del talento, claro está, y la irracionalidad de la superstición y el conjuro contra las fuerzas fantasmales que perviven de una generación a otra. Los varios planos en los que puede leerse el film se metaforizan, precisamente, en ese ensamblado de telas superpuestas, que van adosándose al cuerpo y que actuarán de acuerdo más al devenir que a los deseos del artista. Como cualquier obra de arte. 

sábado, 17 de marzo de 2018

NOTAS DE AFUERA (3) / AMOR DESCARTABLE

Amor descartable

Un cuerpo. Apenas lo distingo. Solo el brillo del pelo que se desparrama sobre la almohada. La luz de la calle, que entra por las discretas rendijas de la habitación de hotel, muere justo allí, en la cabellera de color indefinido y de identidad desconocida. Anoche, en ese adverbio de tiempo que se me antojaba remoto habría alguna pista de ese hombre que duerme a mi lado. Ni siquiera recuerdo la pasión que tuvo que haber acontecido en aquel cuarto anónimo, refugio obligado de los jóvenes de entonces que vivíamos todavía en casas familiares. Cuarto anónimo, hombre desconocido, intimidad que había muerto también entre las sábanas, cierto terror difuso. Hundo la cabeza en la almohada. Cierro los ojos. 

La vida discurría entre facultad, militancia y cuartos de hoteles al paso. Esto último hegemonizaba el tiempo, como una montaña rusa que se había salido de sus rieles y nos mantenía siempre al borde del abismo, suspendidos y a la espera. Esa noche, sin embargo, fue el principio del fin. De una era. Los ochenta agonizaban prematuramente y todavía no sabíamos que cada vez que un gobierno cayera antes de tiempo lo haría con ruido, balas y muertos. La Tablada y los saqueos estaban a la vuelta de la esquina. Y unos pasos atrás, el nefasto “felices pascuas”. La sexualidad revolucionaria  también estaba llegando a su fin. Empezaba a aburrirnos, pasaban los cuerpos desconocidos y conocidos por camas anónimas, las reuniones predecibles en casas ajenas, las madrugadas interminables vagando por una Buenos Aires cada vez más hostil, la incertidumbre por un futuro que siempre se nos antojaba un poco más negro. Yo añoraba, ya entonces, los primeros años pos dictadura. El instante sagrado del renacimiento. El inicio del torbellino, del agite, de esas primeras veces irrepetibles, del amor redentor y de la lucha con final feliz. También entonces estábamos desesperados. Vivíamos desesperados, deambulábamos desesperados, pero creíamos.  Sin saberlo, habitábamos un afuera que nos devolvía el espejismo del centro. Éramos una raza en extinción: tal vez, la última generación de jóvenes creyentes. “Mamá, ella nunca se va a casar, es anarquista”, le decía entonces un compañero de estudios a su madre cuando yo iba a su casa a estudiar. La mujer, modista de alta costura, solía hacerme modelar sus trajes de novia a modo de prueba. "Qué bella estás, imaginate cuando sea el tuyo", me decía contemplando su preciosa obra sobre mi cuerpo. Los otros reían e insistían en algo que cumplí a rajatabla. "Pero como que no, cuando se enamore hablamos", insistía la mujer. Mi reflejo en el espejo y el terror que me recorría la espalda, como un film de clase B, certificaban que no, que no seríamos ni esas mujeres ni esos hombres que prohibían el sexo en las casas familiares o que soñaban con el blanco y la descendencia. Nunca seríamos normales.

La luz de la mañana entra a raudales. El turno termina a las diez. Vamos a desayunar a un bar de Chacarita. Una saludable nube de indiferencia empieza a levantarse entre los dos. O ya fluía de antes. Me deprime el momento, me alegra saber que no lo volveré a ver. Intuyo que a él le pasa lo mismo. Nada personal. Solo hartazgo prematuro.  Mucho tiempo después leí que Flaubert pensaba que despertar con un cuerpo desconocido a nuestro lado era una experiencia imprescindible para comprender la modernidad. La estaba comprendiendo entonces a costa de sangre y deseos. No tengo dudas: después de cerca de diez años convulsivos, estaba harta de ser joven.

martes, 13 de marzo de 2018

NOTAS DE AFUERA (2) / NUNCA VOLVEREMOS A SER JOVENES

Nunca volveremos a
ser jóvenes

Los jóvenes son graves; viven esencialmente el futuro. No habrá “franja etaria” más consciente de la transitoriedad del tiempo que el joven. Como un reloj de arena, ven discurrir su juventud casi en tiempo pasado. La angustia de lo efímero se conjuga con la sensación de eternidad, que también acecha, ambas tironean, ambas saben el final del juego. Los jóvenes se sienten viejos por haber sido expulsados del periodo de gracia de la adolescencia (allí empiezan también ellos con el proceso de mitificación del pasado) 
y acorralados por la madurez que les espera a la vuelta de la esquina. Odian, con justa razón, el embelesamiento de los adultos por la piel tersa, el pelo brilloso, los músculos firmes, el asedio por una improbable ósmosis y la copia: odian lo que saben que van a perder en segundos. Ese mismo endiosamiento los aterra aún más: en esos idólatras nos convertiremos muy pronto. Para un joven no debe haber mayor hecatombe que pensar en llegar a la adultez (de lo que está salvado el niño a través de su espíritu lúdico). De centro a periferia nostalgiosa, cuando no, patética. Cuerpos en decadencia y discursos, lenguajes y ropajes que tratan de emularlos, o por lo menos, ofrecer una versión que de ellos se hicieron a lo largo del tiempo y la desmemoria; y el espanto crece. Adultos que viven el instante, no por juventud sino por la certeza de un final que ya empieza a sonreírles; no hay que demostrar ni conseguir nada más: la irrelevancia los absuelve de dar explicaciones. Son seres que de jóvenes fueron graves y que se jovializaron con el tiempo. Se olvidan, por motivos de supervivencia, de lo esencial: la innata apertura a lo nuevo, el escaso bagaje que todavía no empuja hacia abajo y la expectación y la escucha del verdadero joven hacia lo otro son irrecuperables con el paso del tiempo.  Tal vez los artistas sean los únicos que gocen, sin proponérselo, del privilegio de  la eterna juventud. O más aún, de la infancia eterna. Pero solo los verdaderos. Por ello, la caricatura nunca compite ni se confunde con la realidad. Es apenas una reinterpretación de aquellos detalles salientes y significativos de lo que, economía comunicacional mediante, está instalado en el imaginario sobre el objeto de estudio. Por eso, el rechazo y el asco. O la risa. Nunca se vuelve a ser joven. Todo lo demás es apenas una estrategia de autoconvencimiento sin fisuras que cuenta con un único convencido: el adulto, que ya solo se escucha a sí mismo. Y, claro está, con una generosa farmacopea que, como el canto de las sirenas de Ulises, promete la gloria sensual, el reverdecer de la potencia extinguida: pocos se tapan los oídos o se atan a mástiles para no sucumbir a ella. Habría que ser un héroe. Y, ya sabemos, la época moderna, esa vieja jovial,  los ha desterrado hace tiempo.

La foto que ilustra esta nota es de Nahuel Track, de Agencia Sinestesia

lunes, 12 de marzo de 2018

(INTIMIDADES)

Me gusta el otro. Amo las charlas de café en bares interminables. O las madrugadas habladas en casas entrañables. Digo: amo un mundo en vías de extinción. O ya desaparecido y estos son apenas recuerdos camuflados de actualidad. Deseo cuerpos y no pantallas; miradas y sonrisas y no íconos. Una pública intimidad nos acorrala. Estoy aturdida de voces anónimas y fugaces que circulan incontinentes, obsoletas en segundos. Suficiente lidiar con las que tengo en la cabeza: ellas, por lo menos, me exigen la escritura. Y el silencio.

domingo, 11 de marzo de 2018

AFUERA / ESCRITURA Y FRACASO

Escritura y fracaso

Escribir es tratar de contestar alguna pregunta que formulamos alguna vez y que olvidamos. O, lo que es lo mismo, tratar de encontrarla. La escritura es insatisfacción y olvido. O nomadismo activo. No se aquieta ni aún con la letra impresa, su geografia es siempre inestable. Veo mis libros publicados, me recorre la extrañeza. Algo se movió de foco, o ellos o yo. O ambos. Somos en última instancia seres vivos que se estudian con recelo. Se desconocen, o se conocen muy bien. Como dos amantes que se vuelven a encontrar después de un tiempo: no queda nada pero allí está, eso innombrable que los vuelve tan extraños como cercanos a la vez. Fuera de foco; ¿qué escritor-pensador serio no lo está? Seguramente en este momento no hay nadie allí afuera, a la escucha y a la espera; vendrá después, o ya estuvo.  Ese es el fracaso de toda escritura que va contra su propio tiempo y que habita territorios móviles. Pero probablemente también su victoria. Felicidad y escritura están en frecuencias diferentes, planos paralelos que, por mero instinto de conservación, se miran de lejos, mantienen distancia. Por suerte. Hoy, a las puertas del otoño, se inaugura esta nueva columna, Afuera, que saldra los domingos en este espacio.

Foto: Z.L. (Marzo 2018)

sábado, 10 de marzo de 2018

ACTUALIDAD / EL FEMINISMO Y EL EMPOBRECIMIENTO DE LA POLÍTICA

El empobrecimiento de la práctica política

En los 80, herederos de los nefastos 70, se militaba en otra forma. Y esto no es un lugar común, ni un gesto melancólico. La forma y el contenido constituían una unidad que era prácticamente imposible que el poder se apropiara de aquellas luchas, salvo por la fuerza, claro está. El enemigo era tan claro que no había conciliación posible. Por eso, era imprescindible la teoría como práctica. Nos formábamos como militantes (aunque en plenarios y reuniones de agrupación, a veces termináramos a los gritos). Sin ella, nos convertíamos en blanco fácil, idiotas útiles, cooptados o desertores. La lucha nos consumía las 24 hs. del día. Y no era excluyente: trabajadores, estudiantes, explotados, olvidados del sistema: todo oprimido era el objetivo y el motor. Y claro está, los desaparecidos. Ese rasgo tan distintivo de la modernidad, buscar siempre unidades, totalidades y cofradías incluyentes y solidarias, es lo que se perdió en esta nefasta postmodernidad. Hoy, hay derecho de admisión; hoy, hay tenidas que cumplir; hoy hay cinco o seis reclamos contra un enemigo que es una fantasmagoría, el patriarcado. Hoy se lucha contra el viento. Por eso, con extrema facilidad, se cae al otro lado: porque no hay raíces ni saberes ni sustentos. Es la remera del Che que circula prostibularia y adquiere la identidad de quien la viste. La primera explicación que se me ocurre es que el neoliberalismo y también el populismo hicieron muy bien su tarea, desmantelar los espacios de pensamiento, atacar fuertemente la educación y la cultura. Hoy, pero desde hace ya décadas, escuelas medias y facultades están en una orfandad irreparable. No se producen ideas ni pensamiento crítico. Allí, empezamos a morir un poco.

(Fotos: Mayo Francés / 8M )

martes, 6 de marzo de 2018

EN PRIMERA PERSONA (7) / EROTISMO Y PROMESAS DE ÁCIDO EN EL ROSTRO

EN PRIMERA PERSONA (7)
Erotismo y promesas de ácido
en el rostro


No sé si será que el estudio fue mi refugio durante la adolescencia en la violenta casa paterna; o la violencia fue desatada, en parte, por esos estudios. Padre brillante que se encuentra con tres hijos abanderados, altísimos coeficientes intelectuales, halagados por profesores y directores, etc. Y él, en declive. Mental, físico y profesional.

¿Repetí la historia en mi vida adulta? ¿El  huevo y la gallina? 

Arquitectura, filosofía, proyectos que materializaba con cierta facilidad. Y el otro, que siempre había sido el intelectual de su familia de origen, entrevió allí el peligro. El adoctrinamiento,  o mejor dicho, el intento, fue lento y sutil: en principio, todo compañero, profesor, colega, amigo, era amante, potencial o en acto. Hombres a los que quería seducir. O que me querían seducir. O que ya nos habíamos seducido. No había otro motivo por el cual yo, que desde los cinco años cuando entré a primer grado, jamás había dejado de estudiar, deseara frecuentar clases y seminarios después de recibirme. De golpe el mundo se había reformulado: mis estudios tenían exclusivos fines eróticos: "¿Por qué le sonreíste a aquel compañero? ¿Y ese profesor quién es? ¿Te gusta? ¿A dónde fueron después de clases?", etc. Lo de rutina. Cada reunión compartida terminaba en desastre. Luego, el rouge, el escote, el jean, la pollera corta. Luego, la ampliación de mis intereses sentimentales: el plomero, el electricista, el vecino, el cerrajero, el portero, y así, indefinidamente: yo era una ninfómana que deseaba a todo el mundo, menos a él, claro está.  Al menor reclamo, el llanto, el pedido de perdón o la actitud policial: "Tengo miedo de perderte". "No niegues que le sonreíste". Y todo el libreto harto conocido de cualquier manipulador. 

En una ocasión tuve la “desgracia” que, durante una noche de sábado, en plena Corrientes, dos actores muy famosos, y muy atractivos, posaran la vista sobre mí. Como lo habrán hecho dos segundos antes en la mujer que me precedió. Y dos segundos después, en la que venía detrás mío. Los odió hasta el último día. Solía pararse en el umbral, con esa mirada inquisidora de quién busca el crimen antes de ser cometido, mientras me estaba arreglando para salir, y me espetaba aquello de que "esos dos me habían mirado". Deducía, con su modo particular de sentarme siempre en el banquillo de los acusados, de que yo, seguramente, les había transmitido algo con la mirada, los había provocado, etc., etc. Y así con varios. Yo conocía el argumento de memoria. A mi mamá, por carácter, esos reclamos la encerraron en casa durante décadas. A mí en cambio, baqueana en esto de tratar con psicópatas que encima pasan a la acción, me provocaban al enfrentamiento. A visibilizar las verdaderas intenciones. Entonces, el rouge más intenso, la risa más fuerte, el escote un poco más profundo. ¿Ves?, soy indomesticable, como me conociste. Hasta algún punto, lo disfruté: venganza tal vez.

El error: la semana siguiente empezaba un seminario. Durante toda la noche, Googleó si el docente que lo dictaba era casado. Desconozco qué descubrió. Pero me despertó a los empujones a la mañana y me dijo que yo solo quería volver a la juventud libertina de la universidad, donde “me acostaba con todo el mundo”. Mareada de sueño (solía hacerlo a menudo, casi como una tortura), me incorporé y le dije que se fuera al diablo. Seguí durmiendo. Su mente, sin embargo, siguió trabajando. A la noche, convencido seguramente de que el docente, cuyo nombre ni siquiera recuerdo, y yo huiríamos juntos a alguna playa remota, vino la amenaza: “si me dejás, te tiro ácido a la cara como hizo tu papá con tu mamá”. Recuerdo que yo estaba en la computadora escribiendo. Craso error de su parte: nuestro hijo estaba presente. Lo eché de mi casa. Pero volvió al día siguiente, rompiendo puertas, cerrojos y cadenas, llorando, pidiendo perdón. Pero convencido de que tenía razón.

Ese día empecé a pergeñar una estrategia diferente: cómo sacar, definitivamente, a un psicópata de mi vida (y de mi departamento).

(Este testimonio, aquí ampliado, consta en la declaración que realicé en la Oficina de Violencia doméstica, en junio de 2017).

sábado, 3 de marzo de 2018

CURSOS 2018

CURSOS 2018
Empezaron las inscripciones para los cursos del Centro de Arte y Pensamiento de Revista Contratiempo

Consultas e informes:


 


martes, 13 de febrero de 2018

EN PRIMERA PERSONA (6) / "¡DAME EL DINERO!"

“¡Dame el dinero!”

La banqueta de hierro forjado se me incrusta en la espalda; por la fuerza con la que me lanza, reboto a un costado, la cabeza golpea contra otro mueble del mismo material y amortigua el impacto sobre el piso. Aturdida, dolorida, me arrebata el sobre. “Dame el dinero”, gritó furioso (el dinero de mi trabajo, por otra parte): esta vez, ese había sido el motivo. Dame un recibo, le retruco yo: la confianza no era nuestro fuerte. Como toda respuesta, los brazos aprisionados, el empujón sobre la banqueta, el hierro, el golpe, el dolor, el aturdimiento. Habíamos decidido comprar un departamento, esperaba que así por fin se fuera de mi casa. De aquí no me sacás ni con la policía, solía jactarse. Mensaje recibido. Ganaba el triple que él, que no hacía demasiado en aquellos tiempos, ni en los próximos (La policía tampoco. Si hace la denuncia, me había dicho el oficial que se apersonó en mi departamento la vez anterior, lo tengo que encarcelar, imagínese, saldrá esposado delante de su hijo, agregó. Fue una noche en la que, después de sellarme moretones en los brazos, había decidido romper mis cosas, mi biblioteca, lo que encontrara a su paso).
Salgo de la habitación con el recibo firmado (porque al final lo firmó, pero como todo violento necesitaba hacerlo a su tiempo y manera), y el compromiso de que a fin de mes abandonaba mi casa. Jamás lo cumplió. La señora de la limpieza, que estaba en el living, me mira: hay algo en sus ojos que dice que ella sabe perfectamente de qué se trataba aquel griterío. “¡Qué infierno!”, exclama y sigue barriendo. Crímenes a puertas cerradas. Un día te va a matar, me decía mamá, que conocía de memoria ese tipo de historias. O yo a él, pensaba: si esa vez de la banqueta incrustada en la espalda hubiera tenido un arma a mano, creo que le vaciaba el cargador. Y tengo toda la impresión de que jamás me hubiera arrepentido.

(Este testimonio consta en la declaración que realicé en la Oficina de Violencia doméstica, en junio de 2017).

sábado, 27 de enero de 2018

EN PRIMERA PERSONA (5) / A QUIEN TU PERTENECES

A quién tú perteneces

El cabello largo, larguísimo, medio enrulado, siento que todo mi cuerpo gira suspendido por esos mechones que ejercen una presión dolorosa sobre el cuero cabelludo. Dura poco, me lanza a la cama, boca arriba, con la rodilla presionando mi pecho y sus dos brazos inmovilizando los míos. Falta el aire, pataleo, grito con una voz que no sale. Pienso: una estrategia de supervivencia, una escapatoria. ¿Me está matando? ¿Me estoy muriendo? La fuerza es desigual, me retuerzo, giro el cuerpo, lo convulsiono. No sé cuánto dura, parece una eternidad. Al rato afloja. Me suelto, lo empujo hacia un costado. Apenas se mueve. Pero siento el temor en sus ojos, me conoce. Estoy libre y furiosa. Toda la furia de años de maltratos ya empezaba a salir durante las últimas peleas. Retrocede y huye hacia otra habitación (todo golpeador, al fin y al cabo, es un cobarde): es consciente de que no puede dejarme huellas visibles. Lo alcanzo, en el apuro trastrabilla y cae. La emprendo a puñetazos que apenas le hacen mella pero se cubre. No es ese el temor esencial. No es mi fuerza nula frente a la de él: tiene miedo, huelo su miedo, miedo de que la situación se le fuera de las manos, como me escapé yo de las suyas. Del no retorno. De lo imprevisto, de las derivas. De ese último acto donde ya no importa nada y una salta al abismo. Lo de él es calculado: sabe que lo mío, en ese estado de furia original, no. Yo me estaba volviendo capaz de cualquier cosa. Un monstruo que, de una forma u otra, pondrá fin al infierno. Como lo hice un tiempo después.

(¿El motivo de esa trifulca? Me estaba arreglando frente al espejo: alguien, probablemente, me estaba esperando. Un hombre, claro. Que me diera en la cama todo el placer muerto y enterrado durante años en la nuestra). 

miércoles, 24 de enero de 2018

EN PRIMERA PERSONA (4) / LA FAMILIA, LA PROPIEDAD PRIVADA, ¿Y EL AMOR?

EN PRIMERA PERSONA
La Familia, la propiedad privada, ¿y el amor?



La historia parece medio calcada. Yo, cerca de 25 años, sola en casa, mamá de viaje. Me enfermo. Pasa a visitarme una familiar cercana, cuyo nombre no quiero acordarme; me ve inmovilizada, llorando de dolor (solo el que tuvo contractura lo sabe). “Ya se te va a pasar”, me dice y me cuenta lo lindo que está el día afuera y que piensa ir de picnic. (Tres días después me llevan en ambulancia al Pirovano: contractura cervical severa, inmovilizada del cuello para abajo). 

Enero de 2018. Salgo de viaje de trabajo por diez días. Comunicación diaria, y varias veces, con mi hijo, que queda solo (bah, con 10 amigos entrando y saliendo de casa). En el medio, cirugía de muela del juicio, programada. “Todo bien mamá, no me dolió nada y duró 20 minutos”, me dice. Fue con un amigo, que se quedó a dormir por las dudas. Al día siguiente, a la guardia por hemorragia, lo atienden de urgencia, por sobre 25 pacientes que estaban antes. La suerte: esos amigos que lo acompañaron en todo momento. Estoy por ir a la oficina de AA, que queda a dos cuadras de mi hotel, para cambiar los pasajes y volver a Buenos Aires. “Mamá, tengo 26”, escucho su voz detrás del teléfono, medio cambiada por el dolor y los medicamentos, pero ya superado el problema: el cirujano se había olvidado de ponerle un cicatrizante. Googleo, leo cosas horribles, apago la computadora, me quedo mirando el celular. Nuevos watsaps me confirman que está bien, haciendo planes para el día siguiente y comiendo helado, como debe ser. Respiro. Envejezco y rejuvenezco. Retomo mis planes.

¿Y el padre? Nada: a partir de los 21 años ya no es problema suyo, se terminaron las obligaciones contractuales. ¿Y aquella familiar que se adjudicaba el rol de madrina? Nada tampoco (ya no recuerdo el argumento de entonces). La mezquindad, la violencia solapada, no es patrimonio de un género y anida en cualquier parentesco (a veces, cuanto más cercano, peor). ¿Habrá posibilidades de renunciar a los lazos espantosos de sangre? ¿Algún modo de abolir la familia y encontrar nuevas formas de comunidad?

Eso sí: doy fe del dicho “sufrir como una madre”. Y que ninguna feminista se atreva a retrucarme.


(Gracias eternas a Julián y a Majo, especialmente)

martes, 23 de enero de 2018

INFANCIA Y VIAJE

El cuerpo llegó hace unas horas; el espíritu aún quedó en Salta. Y con las valijas a medio deshacer, la planificación de un próximo viaje. Los borradores de mi próximo libro están allí, a la espera. No tengo dudas: cuando se viaja se busca la infancia. Y Salta, con sus patios coloniales, su blanca chatura, sus parrales, silencios, aljibes y siestas, es la Asunción de hace algunas décadas atrás.


domingo, 21 de enero de 2018

CRÓNICAS DEL NORTE / EL RETORNO

El retorno

La altura puede ser aliada eficaz como temible enemiga. En cualquier caso, nosotros, los que vivimos al nivel del mar, tenemos que andar con cuidado. El té, caramelos y pastillas de coca, o la hoja para mascar, aquí en Salta, y ni hablar en las alturas de Humahuaca, son usuales. Es tal vez el encanto de la montaña: esa dificultad por ser conquistada y que por supuesto le permitió esconder ciudadelas enteras a los ojos del invasor. ¿Es tu segunda, tercera vez en Salta?, me pregunta un artesano. La tercera, le respondo un poco sorprendida. Es que a Salta siempre se vuelve, yo soy de Buenos Aires, pero vivo hace años en Humahuaca, agrega. ¿Vas a ir?, pregunta. Le cuento que la última vez no me trató muy bien. Que estuve en La Paz, en Potosí, pero sin embargo, fue en Humahuaca donde me apuné. Y mal. No hubo te de coca que me salvó. El hombre se ríe. Hay que ir despacio, aconseja, ir subiendo muy despacio y no vas a sentir la altura. No le dije nada, pero íntimamente disentía: la altura se siente siempre. Despacio, muy despacio llegué a aquellos lugares y sin embargo todo parecía en cámara lenta. Las calles se movían ligeramente y el aire no terminaba de llegar a los pulmones (algunas noches siento eso mismo en Salta, a tan solo 2400 msnm.). Geografía feroz, nada complaciente y sin embargo, ¡cuánta cultura, cuánta belleza, cuántos pensamientos a contramano de la historia occidental! Bellísimo norte que se camufla y le da al turista lo que viene a buscar, ese lugar común del “cóndor pasa” y bailes de ocasión. De artesanías en serie, gastronomía atenuada y shows a medida de las abultadas billeteras del próspero occidente que retorna. Bello norte del que me estoy despidiendo. Y este domingo no podía ser más soleado y azul. Y hasta, como buena mala católica, entré a la colmada Catedral, había misa. No te fijes en los pecados, sino en la fe de tu Iglesia, repetía el cura en una homilía que conocía de memoria. Luego el deseo de paz, la estampita que me obsequió una señora, y que me hizo acordar las de mi primera comunión, y aquello de “tú, haz venido a la orilla, no haz buscado ni a pobres ni a ricos…” que, confieso, me emocionó. Ese es el poder del catolicismo: se enraíza en la infancia y es difícil separarlo después: se sabe, competir con la infancia conlleva a una derrota segura. Bello y raro norte que hasta me hizo volver a misa. Retornar, como decía aquel artesano, a Salta, a la infancia, a cierta suspensión, a cierto delirio que trastoca realidad con alucinación. Esa que solo se consigue, y que no conviene combatirla, aquí en las alturas. 



 







Fotos: Zenda Liendivit (Salta / Enero 2018)